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Aftas bucales: señales claras para no dejar pasar una llaga y llegar a la consulta

Las lesiones aparecen y se van solas en una o dos semanas, pero hay cuatro escenarios en los que conviene llamar a la puerta del odontólogo o del médico y no quedarse en casa esperando que el tiempo haga lo suyo.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acá en la Argentina, más de uno cruza la calle con la lengua lastimada y una mueca que no necesita traducción: esa pequeña úlcera blanca, rodeada de un halo rojizo, que se planta en la cara interna del labio, en la mejilla o en el borde de la lengua y convierte cada bocado en un partido bravo. Las aftas, también conocidas como llagas bucales, son una de las molestias más comunes de la consulta odontológica de barrio y, según las estimaciones que circulan en el ámbito de la salud, afectan a cerca de una cuarta parte de la población a lo largo de la vida. La buena noticia es que, en la enorme mayoría de los casos, son lesiones benignas que se resuelven solas en una o dos semanas sin necesidad de tratamiento específico; la mala, es que ese mismo cuadro tan cotidiano puede disfrazar, a veces, situaciones en las que conviene no hacerse el distraído y golpear las puertas del consultorio.

Qué son y por qué aparecen

Las aftas son heridas dolorosas que se forman dentro de la boca, sobre la mucosa que recubre labios, mejillas y lengua, y se diferencian de otras lesiones porque no tienen un origen infeccioso: no se contagian por besos, por compartir un mate ni por un apretón de manos en la parada del colectivo. El Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos las describe como lesiones cuyo tratamiento apunta, sobre todo, a aliviar el dolor y a favorecer la cicatrización, sin que eso implique que la persona se libre de volver a tenerlas en el futuro. Para las molestias leves, suelen bastar geles de venta libre en la farmacia de la esquina y enjuagues antisépticos suaves que ayudan a mantener la zona limpia y soportable mientras el cuerpo hace su trabajo.

Sobre los porqués, la Clínica Mayo reúne varios sospechosos habituales: mordeduras accidentales al masticar apurado, un cepillado tan enérgico que parece castigo, el roce constante de un aparato de ortodoncia o de una prótesis mal ajustada, o el filo de un diente que se rompió y quedó como un pequeño cuchillo dentro de la boca. La lista se completa con los alimentos ácidos, picantes o demasiado salados, que irritan la mucosa y terminan de arruinar la fiesta. Detectar cuál de esos factores golpea en cada caso, y corregirlo —por ejemplo, ajustar el aparato, limar el borde filoso o moderar la fuerza del cepillo— es la manera más práctica de bajar el riesgo de que la llaga vuelva a aparecer en la misma zona.

Las cuatro señales para no quedarse en casa

Hay, sin embargo, escenarios puntuales que la propia Clínica Mayo marca como bandera roja y en los que la consulta con un odontólogo o con un médico deja de ser opcional. Vale la pena repasarlos con la misma atención con la que Mirta, vecina de Villa del Parque, revisaba las encías de su hijo antes de llevarlo al dentista: la primera señal es que la llaga se quede más allá de las dos semanas sin señales de cierre; la segunda, que reaparezca con una frecuencia que ya empieza a molestar; la tercera, que la lesión sea inusualmente grande o profunda; y la cuarta, que aparezca una nueva antes de que la anterior haya terminado de cicatrizar. A ese listado se suman otras pistas que conviene leer en voz alta: un dolor que no se controla con lo que hay en el botiquín, que impide comer o tomar agua, o que llega acompañado de fiebre.

  • La llaga dura dos semanas o más sin cerrar.
  • Vuelve a aparecer con frecuencia, una y otra vez, en distintas zonas de la boca.
  • La lesión es inusualmente grande, profunda o se extiende hacia los labios.
  • Aparece una nueva antes de que termine de cicatrizar la anterior.
  • El dolor impide comer, beber o hablar con normalidad, o se suma fiebre.

Cuando se repiten: no es solo mala suerte

Para quienes ya perdieron la cuenta de cuántas aftas tuvieron en el último año, el escenario se vuelve más delicado. La Clínica Mayo advierte que las aftas que se repiten con regularidad pueden estar vinculadas a niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12, lo que no significa automáticamente que cualquier persona con llagas frecuentes tenga una carencia ni que deba salir corriendo a comprar suplementos por cuenta propia: el profesional evaluará la historia clínica y los síntomas para decidir si corresponde pedir un análisis de sangre y, eventualmente, orientar un tratamiento. Una revisión publicada en el repositorio científico PMC refuerza esa prudencia y sostiene que, antes de etiquetar las lesiones como aftas recurrentes, hay que descartar otras causas posibles, lo que en la práctica se traduce en una evaluación que contempla lo que pasa adentro y afuera de la boca, desde la dieta y los medicamentos hasta lesiones en otras mucosas. La regla de sentido común, en definitiva, sigue siendo la misma: una llaga ocasional no merece alarma, pero cuando el cuerpo empieza a repetir la jugada hay que dejar de mirar para otro lado y pedir turno.

“Una llaga ocasional no requiere alarma. La consulta cobra peso cuando se repite, se agranda o no cierra, porque el cuerpo suele estar diciendo algo que vale la pena escuchar a tiempo.”Clínica Mayo y National Institute of Dental and Craniofacial Research, citados por el material de base
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