Aftas en la boca: la guía que faltaba para saber cuándo una llaga es solo eso y cuándo hay que tocar la puerta del consultorio
Las úlceras bucales aparecen, molestan y casi siempre se van solas. Pero hay señales que conviene no pasar por alto: duración, tamaño, frecuencia y algunos síntomas asociados pueden ser la pista de algo más profundo. Una recorrida por las causas, los desencadenantes y los motivos para consultar a tiempo.

Acá, en la esquina de cualquier farmacia de barrio, uno escucha seguido la misma queja: "me salió una llaga en la boca y no sé si preocuparme o dejarla pasar". La pregunta parece menor, pero la respuesta no lo es tanto, porque detrás de esa pequeña úlcera que arde cuando uno toma un mate bien caliente puede esconderse un traumatismo sin importancia o, en algunos casos, el indicio de una enfermedad que todavía no fue diagnosticada. Por eso vale la pena detenerse un rato en entender qué son las aftas, por qué aparecen y, sobre todo, cuándo conviene dejar de hacerse el desentendido y llamar al médico.
Cómo son y dónde aparecen
Las aftas, que en los libros de dermatología se llaman úlceras bucales, se forman en la cara interna de las mejillas, debajo o sobre la lengua, en las encías, en el interior de los labios o en ese sector del paladar conocido como paladar blando. A simple vista suelen presentar un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un borde enrojecido, y muchas veces avisan antes de aparecer con un ardor o un hormigueo que pone la zona sensible. Un dato clave para no confundirlas con otra cosa: a diferencia del herpes labial, las aftas nunca aparecen sobre la superficie exterior de los labios y, lo que es un alivio, no se contagian.
- Forma menor: la más común, redondeada, de pocos milímetros, que sana en una o dos semanas sin dejar marca.
- Forma mayor: más profunda, más dolorosa y con cicatrices que pueden tardar hasta seis semanas en cerrar.
- Forma herpetiforme: un conjunto de ulceraciones diminutas que tienden a agruparse, menos frecuente pero bastante molesta.
Los desencadenantes más frecuentes
En la conversación con Marta, que atiende el kiosco de Rivadavia y Mitre y arrastra aftas desde chica, aparece una de las claves que repiten los especialistas: las lesiones casi nunca llegan solas, sino que vienen empujadas por algún factor desencadenante. "Yo las siento venir cuando estoy a mil con el trabajo, cuando duermo mal o cuando me muerdo sin querer la parte de adentro de la mejilla", cuenta mientras acomoda los paquetes de galletitas. Tiene razón. Morderse la mejilla, un cepillado demasiado agresivo, el roce con los brackets de ortodoncia o con una prótesis mal ajustada y las quemaduras provocadas por alimentos muy calientes figuran entre los traumatismos locales más documentados. A esa lista se suman el estrés, el cansancio, los cambios hormonales ligados a la menstruación o el embarazo y, también, lo que se come.
La alimentación, justamente, tiene un peso que suele subestimarse. Las carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D aparecen de manera recurrente en los estudios sobre el tema. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes registraban con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina. Los propios autores aclararon que esa asociación no implica una relación de causa y efecto, y que en algunos indicadores la evidencia disponible todavía es limitada, así que conviene tomarlo como una pista y no como una sentencia.
Cuando la afta puede ser la pista de otra cosa
Cuando las lesiones son múltiples, reaparecen con frecuencia o vienen acompañadas de síntomas en otras partes del cuerpo, la explicación empieza a moverse del terreno odontológico al clínico. Entre las enfermedades que pueden manifestarse a través de aftas recurrentes se cuentan la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, infecciones virales, bacterianas o fúngicas y estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. Mencionarlo no es para asustar a nadie, sino para entender que una lesión tan pequeña a veces funciona como un semáforo en rojo que se enciende en otro sistema del cuerpo.
“Yo las siento venir cuando estoy a mil con el trabajo, cuando duermo mal o cuando me muerdo sin querer la parte de adentro de la mejilla.”Marta, kiosquera de Rivadavia y Mitre
Señales para no postergar la consulta
- Una llaga que persiste más de dos o tres semanas sin mejorar.
- Lesiones que reaparecen seguido o que aparecen en cantidad.
- Aftas de tamaño inusualmente grande o que se profundizan.
- Dolor intenso que impide comer, hablar o dormir con normalidad.
- Aparición simultánea de fiebre, diarrea, dolor articular, erupciones en la piel o pérdida de peso sin causa clara.
- Sangrado abundante o cambio de color y textura en la zona afectada.
La mayoría de las aftas, hay que decirlo para respirar tranquilos, se resuelven solas en una o dos semanas con medidas simples: evitar los alimentos muy ácidos, picantes o calientes, mantener una buena higiene bucal con cepillos de cerdas suaves y, si el médico lo indica, recurrir a geles o enjuagues que alivian el dolor. Pero la regla de oro es esa que repite cualquier profesional: si la lesión no se va, si vuelve una y otra vez o si aparece junto con otras molestias, la consulta no puede esperar. Como me dijo Marta antes de cerrar la persiana: "uno se acostumbra a convivir con las llagas, pero acostumbrarse no es lo mismo que cuidarse".
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