Cinco rincones del mundo donde la vida se estira, y las claves que comparten
Fe, movimiento constante, comida sin envoltorios y un motivo para levantarse cada mañana: lo que hacen distintos los pueblos más longevos del planeta, según el cardiólogo Jorge Tartaglione.

Acá, en la redacción, uno suele empezar el día mirando el río y la pantalla al mismo tiempo, y a veces se olvida de que el cuerpo también pide lo suyo. Por eso esta vez me zambullí en una investigación que tiene más de caminata que de laboratorio: cinco lugares del mundo donde la gente vive más y, sobre todo, vive mejor. Lo hizo el médico cardiólogo Jorge Tartaglione, y lo que encontró es bastante más sencillo —y bastante más al alcance de la mano— de lo que uno imagina cuando escucha la palabra longevidad.
Para arrancar, una cifra que ordena el debate: la genética explica apenas el 25 por ciento de cuánto vivimos. El 75 por ciento restante, según el especialista, lo definimos nosotros, con decisiones cotidianas que a veces ni registramos. "Definimos nosotros el 75%", resumió Tartaglione, y esa frase me quedó dando vueltas toda la tarde, mientras leía la lista de comunidades queó —perdón, que recorrió— para entender qué hacen diferente.
Las cinco esquinas del mapa
- Loma Linda, California: una comunidad predominantemente religiosa. La fe, sostiene el cardiólogo, marca una diferencia de hasta diez años en la expectativa de vida respecto de la media.
- La zona de Nicoya, en Costa Rica: frutas tropicales a diario y un ritmo de vida tranquilo que lleva a muchos vecinos a superar los 80 años.
- Icaria, Grecia: la propia geografía de la isla, con subidas y bajadas pronunciadas, obliga a caminar de manera constante. No hay gimnasio: la calle es la máquina.
- Cerdeña, Italia: dieta basada en lo que da la tierra, sin envoltorios ni conservantes. "Lo que sale de la tierra, lo que le da el sol, lo que se pudre", definió Tartaglione.
- Okinawa, Japón: la idea de propósito diario. Personas de 90 años que se levantan a bailar, cantar o tocar música, porque cada día arranca con una intención.
Algo me llamó la atención mientras repasaba los cinco casos: ninguno depende de un superalimento milagroso ni de una rutina de elite. Son decisiones chicas, repetidas, que se vuelven paisaje. Lo dijo con todas las letras el propio Tartaglione al hablar de Okinawa, y la descripción me sonó a cualquier esquina de acá: "No significa que tenés que hacer algo enorme. Sino tomarte un mate con una amiga, salir a caminar, salir a pasar el perro, pero todos los días se levantan con una visión, se levantan con ganas de hacer algo". Esa es la frase que, si me dejan, me llevo puesta el resto de la semana.
El patrón común
Si uno cruza las cinco comunidades, aparece un hilo conductor que se repite como un latido: movimiento cotidiano incorporado a la vida y no pensado como entrenamiento, alimentación lo más natural posible —frutas, verduras, lo que da la tierra—, vínculos sociales activos y alguna forma de motivación que organice la jornada. Ninguno de esos hábitos, vale insistirlo, pide recursos extraordinarios ni condiciones excepcionales. Piden, sobre todo, constancia.
Hablemos un momento del dato de los 55 a 56 años que mencionó Tartaglione. Según explicó, las personas que llegan a esa franja tienen una probabilidad alta de sumar entre 20 y 25 años más de vida sin enfermedad, siempre que adopten estos hábitos. No es una promesa mágica: es una ventana estadística que se abre o se cierra según cómo se transite esa etapa. Para quienes estamos ahí o cerca de ahí, la lectura es bastante directa: todavía hay tiempo de sobra para empezar a moverse distinto.
“No significa que tenés que hacer algo enorme. Sino tomarte un mate con una amiga, salir a caminar, salir a pasar el perro, pero todos los días se levantan con una visión, se levantan con ganas de hacer algo.”Jorge Tartaglione, cardiólogo
Antes de cerrar, me acordé de Marta, vecina de Villa del Parque, que cada mañana baja hasta la plaza España con el walker de su marido y vuelven juntos. No lo cuenta como ejercicio: lo cuenta como "dar una vuelta". Mientras tanto, en Loma Linda rezan, en Okinawa cantan, en Icaria suben cerros y en Cerdeña cosechan lo que plantan. Cinco formas distintas de decir lo mismo: vivir un poco más depende, sobre todo, de cómo se vive cada día. Y eso, precisamente eso, es lo que uno puede cambiar mañana a la mañana.
Por eso me quedo con la idea de Tartaglione, que es también una invitación: si la genética aporta un cuarto del camino, los otros tres cuartos los manejamos nosotros. Acá, a la vuelta, con un hábito simple y sostenido. La longevidad, parece, no es un destino exótico: es una decisión diaria.
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