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Cuando decir que no también es una forma de querer: el valor de los límites en la crianza

Especialistas en crianza coinciden en que el diálogo con los chicos no implica abdicar de la autoridad: poner normas claras, con afecto y sin violencia, resulta clave para que aprendan a tolerar frustraciones y a convivir.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 27 DE AGO DE 2026 · 3 min de lectura

Acomodate en la silla que te cuento algo que en más de una mesa de café aparece cuando se habla de chicos. Cada vez más familias, en mi barrio y en casi todos, apostaron por reemplazar el grito y el castigo por una conversa larga, paciente, llena de razones. Eso está buenísimo y nadie que mire la realidad con ojos limpios puede estar en contra. Lo que pasa es que, en el intento de no repetir lo que nos hicieron mal cuando éramos chicos, muchos adultos fueron un pasito más allá y terminaron confundiendo respeto con ausencia total de normas. Y acá aparece el núcleo de la nota de hoy: poner límites no es autoritarismo, es una manera concreta de cuidar.

Para entender por qué, conviene escuchar a quienes se dedican a pensar la infancia. La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, lo resume con una frase que a mí, personalmente, me dejó pensando un rato largo: conversar no quita autoridad, al contrario. Lo que sí la pierde, aclara, es que el adulto le tema al conflicto y lo evite a toda costa. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite a último momento, el mensaje que llega a la criatura es contradictorio, confuso, y termina reforzando justamente lo que queríamos evitar.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

Acá va una distinción que parece académica pero en la cocina de casa se nota muchísimo. Raschkovan separa bien las aguas: el autoritarismo es un abuso de poder, llámese grito, castigo físico o capricho del grande vestido de regla. La autoridad, en cambio, es otra cosa: es la capacidad de sostener una posición con argumentos, con afecto y con presencia. Respetar a un pibe o a una piba no significa dejarlo hacer lo que quiera cuando quiera; significa tratarlo bien mientras se le explica por qué las cosas son como son.

La psicóloga Deborah Bellota coincide desde otro ángulo. Ella suele ver en el consultorio padres y madres muy amorosos, muy presentes, que sin embargo evitan poner topes por miedo a que el hijo se enoja con ellos. Esa dinámica, advierte, puede fortalecer la autoestima, sí, pero también deja a los chicos sin herramientas para autorregularse, con baja tolerancia a la frustración y con serias dificultades para vincularse con cualquier figura de autoridad que aparezca más adelante, desde una maestra hasta un jefe de trabajo.

Para Raschkovan, los límites son una forma de cuidado tan concreta como ponerle el cinturón al auto o servirle la comida caliente. Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. Y lo explica con ejemplos que a cualquiera le van a sonar: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas, dice, van construyendo de a poco la tolerancia a la frustración. Porque esa capacidad no brota sola: se entrena. Si un chico no experimenta el no en un entorno seguro, es muy probable que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones más pesadas que aparezcan afuera.

  • El estilo autoritario de los años sesenta, con reglas rígidas y poca escucha, dejó secuelas que todavía pesan en muchas familias.
  • El estilo permisivo, en cambio, privilegia el cariño pero suele quedarse corto en límites, lo que dificulta la autorregulación.
  • El estilo democrático o autoritativo combina normas claras con diálogo y contención, y es el que más especialistas recomiendan como punto de equilibrio.

Bellota agrega algo que a mí me parece clave y que a veces se pasa por alto: el trabajo del adulto no termina cuando dice no. Dice no y se queda, sostiene la decisión, acompaña el enojo si lo hay, y vuelve a empezar al rato. Porque un límite sin presencia se vuelve letra muerta, y una presencia sin límite se vuelve confusión. La crianza, en el fondo, es esa combinación rara y cotidiana de firmeza y ternura que ninguno aprendimos en un manual.

“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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