Cuando el cerebro completa la frase que nadie escribió: cómo dejar de pelearse con un mensaje que todavía no llegó
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño explican por qué una respuesta breve o una demora se transforman en pruebas de un delito que nunca se cometió, y qué herramientas concretas propone cada una para salir de ese loop sin perder la confianza en la pareja.

A veces la discusión empieza antes de que el otro haya terminado de escribir. Uno mira la pantalla, ve tres palabras donde esperaba un párrafo, y ya está: el silencio se vuelve sospechoso, la sospecha se vuelve certeza y la certeza se vuelve un chat incendiado que después nadie sabe cómo apagar. Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño se dedican hace años a desarmar ese mecanismo, ese clic interno que convierte un punto seguido en una declaración de guerra, y coinciden en que la sobreinterpretación de mensajes es hoy uno de los terrenos donde más se resiente la confianza de pareja, no porque la gente quiera pelearse, insisto, sino porque el cerebro no tolera bien los huecos y se empecina en llenarlos como puede.
La neuropsicóloga Karina Carreño lo resume con una frase que a mí, si me permiten la confesión, me dejó pensando un buen rato: cuando alguien contesta con pocas palabras, eso es un hecho; que esté enojada, en cambio, ya es una interpretación. Y la diferencia entre una cosa y la otra, dice ella, es enorme, porque del lado del hecho uno puede actuar y del lado de la interpretación uno empieza a construir un castillo de sospechas que después cuesta muchísimo tirar abajo. Por eso propone algo bastante terrenal, que es regular la ansiedad antes de responder, hacerse la pregunta incómoda de qué estoy suponiendo realmente y, sobre todo, preguntar de manera directa en lugar de dar por cierta una intención que todavía no conocemos.
El teléfono como espejo de los miedos propios
Lo que más me interesa de lo que cuentan ambas especialistas es que el mensaje de la pareja termina siendo menos un mensaje y más un espejo de lo que cada uno trae encima. Carreño explica que cuando falta información sobre los sentimientos o los pensamientos del otro, el cerebro intenta anticiparlos, y para eso recurre a lo que tiene a mano: experiencias anteriores, viejas inseguridades, miedos que uno creía archivados y que aparecen justo en el momento menos oportuno. Así, una demora de veinte minutos se asocia con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento concreto que permita sostener esa conclusión, y uno termina peleándose, en definitiva, con un fantasma al que le puso la cara del otro.
“El problema no es tanto lo que el otro hizo o dejó de hacer, sino el significado que le atribuimos, y ese significado muchas veces tiene más que ver con nuestra historia que con la situación presente.”Karina Carreño, neuropsicóloga
Tres herramientas para salir del loop
A mí lo que me sirve, y se los transmito porque creo que a más de uno le va a pasar, es ordenar las propuestas que hacen estas profesionales en tres movimientos concretos, una especie de kit de emergencia para cuando el chat empieza a calentarse sin que todavía haya pasado nada demasiado serio. Cada uno apunta a un punto distinto del circuito: lo que siento, lo que imagino y lo que pregunto.
- Distinguir el hecho de la interpretación: registrar qué pasó objetivamente (una respuesta corta, una demora, un like sin texto) y separarlo del significado que uno le está agregando, que es donde se cuelan los miedos.
- Regular la ansiedad antes de responder: respirar, estirar la espera, no escribir en caliente, porque la reacción de alerta agranda cualquier sospecha y la convierte en confirmación.
- Preguntar de manera directa y conversar para aclarar, en lugar de insinuar o probar: la comunicación cara a cara devuelve información que el análisis de una pantalla nunca va a ofrecer.
La sombra de las experiencias pasadas
Mammoliti pone el foco en otro costado que a mí me resulta particularmente humano, que es cómo las experiencias dolorosas anteriores condicionan la lectura que hacemos de las conductas de la pareja. Una necesidad genuina de estar a solas, por ejemplo, puede percibirse como indiferencia cuando del otro lado hay miedo al abandono; la inseguridad, la baja autoestima o losantecedentes de infidelidad funcionan como combustible que alimenta la búsqueda constante de confirmaciones, que es esa tendencia tan peligrosa a interpretar cada gesto como prueba de lo que uno ya teme, y que muchas veces termina empujando a la pareja a actuar exactamente como uno imaginaba, en una profecía autocumplida que nadie pidió.
El desgaste aparece, según Carreño, cuando esas conjeturas empiezan a dirigir las respuestas, cuando uno ya no conversa sino que pide seguridades una y otra vez, y termina armando discusiones por situaciones puramente imaginadas. Ahí es donde la confianza se erosionade verdad, no por lo que hizo el otro sino por el circuito completo de presunciones, reclamos y silencios que se va tejiendo alrededor de un mensaje que, en el fondo, nunca dijo lo que uno terminó leyendo. La propuesta de ambas especialistas, y acá me parece que está la parte más valiosa de toda esta conversación, es volver a los hechos y abrir el diálogo antes de que la interpretación se transforme en la única versión posible de la historia, y la mejor manera de hacerlo, como me decía la otra semana María Laura desde su casa de Villa Urquiza mientras tomábamos mates, es acordarse de que del otro lado de la pantalla también hay alguien que está peleando con sus propios fantasmas y no siempre tiene ganas de explicarse por mensaje.
“En vez de intentar descifrar al otro todo el tiempo, conviene preguntarnos primero qué nos está pasando a nosotros frente a ese silencio, porque ahí suele estar la llave para cortar la interpretación constante.”Marina Mammoliti, psicóloga
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