Cuando el silencio no alcanza: la conversación pendiente sobre la próstata
Un tumor que suele crecer sin dar avisos, con casi un millón y medio de diagnósticos en 2022, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿a qué edad conviene empezar a controlarse y qué varones deberían prestar más atención?

Hay una esquina del barrio donde todavía se habla poco de ciertas cosas, y una de ellas es la próstata. No porque no importe, sino porque cuesta. Es que detrás del consultorio y del análisis de sangre hay una historia silenciosa que en 2022 escribió casi un millón y medio de diagnósticos nuevos en el mundo: 1.467.854 casos según las estimaciones de GLOBOCAN, con 397.430 muertes, lo que dejó al cáncer de próstata como el segundo tumor más frecuente entre los hombres y el responsable del 7,3 por ciento de todos los casos oncológicos del planeta, con diferencias enormes según la región que uno mire.
Un tumor que aprende a esconderse
Lo más jodido de todo, como me contaba esta semana el vecino Raúl Domínguez, que vive en el barrio de Villa Devoto y va todos los años a hacerse su chequeo completo, es que este cáncer tiene la mala costumbre de crecer sin dar señales. "Yo a mi edad ya me hice todos los estudios, y te juro que mientras el médico no me dijo nada yo no sentía nada raro", me dijo Raúl, mientras tomábamos un café en la esquina de su casa. Esa es justamente la trampa: cuando aparecen los síntomas urinarios, el dolor o las molestias, la enfermedad puede llevar años creciendo en silencio y, en muchos casos, estar en una etapa avanzada. Por eso la cuestión de fondo no pasa por esperar a que el cuerpo avise, sino por saber a quién le conviene empezar a preguntar antes.
Edad, familia y genes: el mapa del riesgo
- La edad es el primer gran dato a tener en cuenta: cuanto más grande es el varón, más chances estadísticas de desarrollar la enfermedad, lo que vuelve al paso de los años en el factor más determinante a la hora de pensar en controles.
- Los antecedentes familiares pesan fuerte, ya que tener un padre, un hermano o un abuelo con diagnóstico de cáncer de prostate multiplica el riesgo y cambia el momento en el que conviene sentarse a hablar con un profesional.
- Las mutaciones genéticas suman un capítulo aparte, porque alteraciones en el gen BRCA2, conocidas sobre todo por su vínculo con ciertos cánceres de mama, también aparecen asociadas a tumores prostáticos de comportamiento más agresivo y a edades más tempranas.
Con todo eso en la cabeza, las recomendaciones de la Clínica Mayo y del Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de Estados Unidos marcan una hoja de ruta bastante concreta para pensar acá, en la Argentina, aunque las guías internacionales no siempre se trasladen de manera lineal. Para los varones con riesgo elevado por antecedentes familiares o por esas mutaciones genéticas, la conversación con el equipo de salud puede empezar entre los 40 y los 45 años, sin esperar a que el cuerpo diga nada. Para la población general de entre 55 y 69 años, el consenso es más abierto: se sugiere una decisión individual, charlando con un profesional sobre los beneficios y las limitaciones del análisis de antígeno prostático específico, el famoso PSA. A partir de los 70, en cambio, el tamizaje sistemático deja de recomendarse, porque los potenciales daños de los estudios que pueden derivar de un valor elevado empiezan a pesar más que los beneficios.
Qué mide el PSA y por qué un número no alcanza
El PSA mide una proteína que está presente tanto en las células normales como en las malignas de la próstata, y por eso un valor alto no es una sentencia de cáncer sino una señal para seguir investigando. Hay situaciones cotidianas que pueden inflar el resultado sin que haya un tumor detrás: un rato de ejercicio intenso, una inflamación, una biopsia reciente o el uso de medicamentos como finasterida o dutasterida, que se usan para problemas prostáticos benignos pero también para la caída del cabello. Ante un valor anormal, la práctica más extendida es repetir la prueba antes de avanzar con estudios más complejos, para descartar que se trate de un pico pasajero. Y si el PSA se mantiene alto, la evaluación puede escalar hacia un examen físico, biomarcadores en sangre u orina y una resonancia magnética de próstata que permita ver con lupa dónde están las zonas sospechosas que requieren biopsy.
Me despido con una frase que me quedó sonando en la cabeza mientras escribía esta nota, y que se la escuché a Raúl cuando ya nos íbamos de la esquina: "Mientras uno pueda sentarse a hablarlo con un médico, todavía está a tiempo de hacer algo". Acá, en este barrio y en cualquier otro, esa sigue siendo la mejor manera de empezar.
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