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Cuando la vida golpea la imagen de uno mismo: el camino de vuelta de la autoestima después de una pérdida

Un reciente estudio de la Universidad de Zúrich siguió a más de mil adultos durante seis meses y comprobó que la mayoría logra rearmar la percepción de su propio valor con el paso de los meses, aunque una minoría queda atrapada en niveles bajos. La psicología explica qué facilita esa recuperación y qué la entorpece.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 14 DE SEPT DE 2026 · 6 min de lectura

Acá, en la esquina de cualquier barrio porteño, basta con sentarse un rato en un bar para escuchar de todo: el que se quedó sin laburo y dice que ya no sirve para nada, la que terminó una relación de diez años y siente que se le borró el espejo, el pibe que rindió mal un final y está convencido de que es un incapaz. Son escenas cotidianas que tienen más en común de lo que parece, porque en los tres casos lo que se lastima no es solo el ánimo: es la imagen que cada uno construyó de sí mismo a lo largo de los años. Y cuando esa imagen se agrieta, la pregunta que sobrevuela la mesa del bar siempre es la misma: ¿cuánto tarda en volver a armarse?

Un equipo de investigadores de la Universidad de Zúrich se propuso responderla con datos y no con frases hechas. Para eso publicó en 2026 un estudio que siguió a más de mil adultos alemanes durante veinticuatro semanas. Todos los voluntarios habían atravesado un episodio adverso en las seis semanas previas al inicio del relevamiento: podía ser la muerte de un ser querido, una separación, la pérdida del empleo, el fin de una amistad cercana o la reprobación de un examen importante. A lo largo del período cada participante completó cinco evaluaciones y respondió cuestionarios de personalidad y de autoestima, lo que permitió ver no solo cómo arrancaban, sino cómo evolucionaban con el correr de los meses.

Lo que se encontró: la mayoría mejora, una minoría queda varada

El primer dato que llamó la atención de los investigadores fue que solo el once por ciento de los participantes mantuvo niveles muy bajos de autoestima durante todo el seguimiento. El resto, incluso quienes habían arrancado en situaciones bastante desfavorables, fue mejorando con el paso de los meses. Los autores del trabajo lo resumen con una idea clásica de la psicología: la habituación y la adaptación son la respuesta más frecuente del ser humano frente a un evento negativo. Es decir, uno no vuelve a ser el de antes de un día para el otro, pero el dolor y la autopercepción negativa tienden a amortiguarse con el tiempo, siempre que la persona encuentre condiciones para ello.

Sin embargo, los investigadores fueron cuidadosos a la hora de sacar conclusiones demasiado optimistas. Encontraron que los factores que rodean a la experiencia pesan tanto como el hecho en sí mismo. Un mismo despido puede ser un cachetazo letal para alguien que lo vive como un fracaso definitivo y, en cambio, ser apenas un traspié para quien lo interpreta como un corte de boxeo entre varios intentos. El estudio identificó cuatro ejes que hacen que un mismo golpe se viva de manera muy distinta: el peso emocional que cada uno le asigna al hecho, el grado de control que siente que tuvo sobre la situación, el impacto en su posición social y si cambió o no su visión del mundo, por ejemplo, la sensación de que la vida es injusta o de que uno ya no se puede confiar en nadie.

La personalidad como aliada o como trampa

Hay un rasgo de la personalidad que aparece una y otra vez en los consultorios y que el estudio alemán también puso en primer plano: el neuroticismo. Las personas con altos niveles de neuroticismo son quienes tienden a interpretar los cambios desde una mirada negativa, a leer los hechos como confirmación de que algo en ellas está roto. Ese rasgo puede alimentar la rumiación, esa preocupación constante que da vueltas en la cabeza como un lavarropas viejo, y la tendencia a concluir que un mal resultado dice algo definitivo sobre el propio valor. Para quienes tienen este patrón, la recuperación no solo es más lenta: a veces directamente no llega, y ahí es donde los especialistas recomiendan pedir ayuda profesional, porque la rumiación sostenida es una de las puertas de entrada más claras a la depresión.

Los autores del trabajo detectaron además dos eventos con mayor asociación a la dificultad para reconstruir la autoestima: la pérdida del empleo y el fin de una amistad cercana. En el primer caso, lo que se lastima es algo muy profundo, porque el trabajo no es solo una fuente de ingresos sino también un lugar donde uno se define socialmente, un sitio donde le dijeron durante años que servía para algo. Cuando eso se corta, el golpe va más allá de la cuenta bancaria. En el caso de las amistades, los investigadores lo atribuyen a que se trata de vínculos elegidos, donde la ruptura suele leerse como un veredicto sobre quién es uno, mucho más que una separación de pareja, que en general se vive como un duelo compartido y, en muchos casos, con red de contención alrededor. Las separaciones de pareja, en tanto, afectan de manera particular cuando se viven como rechazo, sobre todo en los primeros meses, cuando la herida todavía está abierta.

  • La mayoría de las personas recupera niveles saludables de autoestima con el paso de los meses, aunque no siempre vuelve al punto de partida.
  • La forma en que se interpreta el hecho pesa tanto como el hecho en sí: control percibido, peso emocional, impacto social y cambios en la visión del mundo.
  • El neuroticismo y la rumiación son los principales obstáculos internos para la recuperación y un factor de riesgo para cuadros más serios.
  • La pérdida de empleo y el fin de una amistad suelen ser los eventos más asociados a una autoestima que cuesta rearmar.
  • La edad funciona como factor protector: los adultos mayores tienden a recuperarse mejor, en parte por una mayor perspectiva vital.

La edad apareció en el estudio como un factor protector. Las personas mayores mostraron mejor recuperación que las más jóvenes, algo que los investigadores vincularon con una mirada más larga de la propia historia, con menos presión por demostrar quién es uno en cada etapa y con la experiencia acumulada de haber atravesado otros golpes antes. No es que los adultos mayores sientan menos, sino que suelen tener más herramientas simbólicas para poner las pérdidas en perspectiva.

Lo que deja este trabajo, en definitiva, es una idea que los psicólogos repiten hace décadas pero que ahora tiene respaldo estadístico firme: perder algo importante duele y puede sacudir la imagen que uno tiene de sí mismo, pero la mayoría de la gente encuentra la manera de rearmarse con el tiempo, sobre todo si evita quedarse dando vueltas en lo mismo y si se rodea de vínculos que le recuerden quién es. Marta, vecina de Belgrano y psicóloga clínica con treinta años de consultorio, lo resume con una frase que suele repetirles a sus pacientes cuando llegan con la autoestima por el piso después de un despido o una separación: "uno no es lo que le pasó, sino lo que hace con lo que le pasó". Esa es, en el fondo, la mejor síntesis de lo que mostró el estudio de Zúrich.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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