De la mesa al banco: cuando la deuda deja de ser un parche y se vuelve la única comida diaria de los hogares argentinos
Un relevamiento de Inteligencia Analítica muestra que el 76,5% de las familias con compromisos financieros usa créditos para sostener gastos básicos como alimentos, servicios o alquiler, y que en los sectores más bajos la proporción trepa al 90%. El especialista Juan Manuel Escolar describe la cadena sin fin de préstamos que se renuevan para pagar intereses sobre intereses.

Yo llevo años recorriendo rutas del sur santafesino y el norte bonaerense hablando con productores y camioneros, y cada vez que me siento a tomar un café con un chacarero del corredor de Pergamino o con un transportista de Ramallo aparece la misma conversación: el crédito dejó de ser aquel socorro para comprar una camioneta o pagar la campaña, y pasó a convertirse en la muleta con la que se camina el mes. Por eso este trabajo me interesa especialmente, porque la fotografía que acaba de difundir la consultora Inteligencia Analítica no describe un problema aislado ni un nicho de plan social: describe la vida cotidiana de la mayoría de los hogares argentinos que hoy se bancan con lo justo, y que cuando lo justo no alcanza sacan la tarjeta, llaman al banco o, en los peores casos, golpean la puerta de un prestamista de la cuadra.
La pizarra del hogar: tres de cada cuatro familias se endeudan para comer
El estudio puso la lupa sobre una porción muy concreta de la población: aquellos hogares que destinan más del 10% de sus ingresos al pago de compromisos financieros. Dentro de ese universo, el 76,5% reconoció haber tomado deuda específicamente para cubrir necesidades básicas como alimentos, servicios o alquiler. Es decir, no para comprar una heladera ni para refaccionar el baño, sino para que la olla alcance y para que la luz no se corte a fin de mes. En los segmentos de menores ingresos la proporción escala hasta el 90%, un número que, leído con la tranquilidad que merece un domingo a la tarde, golpea: nueve de cada diez familias que están en la base de la pirámide usan el crédito para sostener la vida diaria.
El cuadro se completa con otros indicadores que dan la dimensión del agujero. El 77,2% de los hogares endeudados tomó un préstamo nuevo para pagar uno anterior, y el 62,1% acumula al menos un vencimiento impago. Además, el 56,2% compromete el 40% o más de sus ingresos en cuotas e intereses, lo que significa que más de la mitad de los que cobran un sueldo ya tienen comprometido casi medio salario antes de pagar el alquiler o cargar el changuito en el súper.
Por qué se pide prestado y con qué se paga
- Alimentos y productos básicos: 44,5% de los hogares endeudados.
- Servicios, impuestos, alquiler y expensas: 32%.
- Salud y educación: 5,5%.
- Ropa, calzado y artículos para el hogar: 5,1%.
- En el tramo de menores ingresos, el 90% financia con deuda gastos básicos como comer y pagar servicios.
En la clase media baja y media el salvavidas tiene color bancario: tarjetas de crédito, préstamos personales de entidades financieras y, cada vez más, líneas que llegan del lado de las billeteras virtuales, con promociones a tres o seis cuotas que en los papeles parecen tentadoras y en los hechos terminan estirando el sufrimiento. En el tramo de menos de 600.000 pesos mensuales el escenario cambia: allí se imponen los préstamos familiares, los arreglos entre vecinos y, sobre todo, los prestamistas informales, que llegan a cobrar tasas superiores al 12% mensual por créditos de montos chicos, una usura legalizada por la calle que muchos terminan aceptando porque no tienen otra puerta a la que llamar.
“Tomo deuda para pagar alimentos, para pagar servicios. Al mes siguiente la situación no mejoró, no la puedo pagar y tengo que seguir pagando los alimentos y los servicios. Tomo otro préstamo para pagar interés sobre interés.”Juan Manuel Escolar, integrante del equipo que elaboró el informe de Inteligencia Analítica
Escolar lo resumió con la crudeza que merecen estos números: la cadena se arma sola, se autobloquea y se retroalimenta. Yo lo traduzco a mi idioma, el del surco y el puerto: es la misma lógica del productor chico que toma un crédito en pesos para comprar gasoil, después lo canjea por un cheque a treinta días, después renueva ese cheque con otro más caro y, cuando quiere acordar, descubre que lleva cuatro campañas financiando intereses y nunca el capital.
El capítulo de los ingresos termina de cerrar el diagnóstico. El 38,16% de los encuestados dijo directamente que no puede cubrir sus necesidades básicas, y otro 29,1% reconoció que llega justo. Sumados, el 86,4% de las familias que contestaron no logran solventar la totalidad de los gastos del mes con lo que perciben. Es un número que, mirado en perspectiva, deja a la Argentina con una paradoja que ya nadie puede disimular: hay consumo porque hay deuda, y hay deuda porque los ingresos no alcanzan.
Lo que el Estado todavía no resolvió
A esta altura de la nota uno podría preguntarse dónde queda la política pública, y la respuesta corta es que todavía no llegó. La inflación se fue moderando, es cierto, y los salarios formales vienen recuperando algunos puntos, pero en la base de la pirámide la recuperación no se percibe: el changuito se llena con menos, el alquiler se ajusta por inflación cada tres o seis meses y la oferta de créditos blandos para consumo básico sigue siendo prácticamente nula. Mientras tanto, los prestamistas informales, las tarjetas con tasas que duplican la inflación y las billeteras digitales con promociones que parecen buenas hasta que llega el resumen siguen haciendo el trabajo que el Estado abandonó. Y acá está, a mi entender, la discusión de fondo: no alcanza con discutir si la deuda de los hogares es del 76,5% o del 90%; hay que discutir por qué un país productor de alimentos, con puertos llenos de barcos esperando cargar maíz y soja, tiene a nueve de cada diez familias de bajos recursos financiando con intereses la comida de cada día. Esa es la cuenta que la política todavía no sabe, o no quiere, saldar.
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