Después de la mejoría viene el golpe: por qué una gripe que empeora de repente puede ser una urgencia
El infectólogo Dhatri Kotekal advierte que la falta de aire, el dolor en el pecho y el deterioro súbito tras unos días de alivio son señales para consultar sin demora. La complicación más frecuente es la neumonía, y los grupos de riesgo no son los únicos que pueden pasarla mal.

Acá, en la redacción, cuando empieza a bajar el termómetro y la gente vuelve a meterse en el subte y en los colectivos con la nariz colorada, siempre aparece la misma conversación de pasillo: uno que tuvo fiebre el lunes y el jueves ya estaba bien, y de golpe el viernes a la madrugada le costó respirar. Esa historia, que parece una exageración, es exactamente la que preocupa a los infectólogos cuando llega el invierno, y la que obliga a mirar la gripe con otros ojos, no como un resfrío fuerte sino como una infección capaz de pegar un giro serio en cuestión de horas. Por eso, cuando alguien me pregunta si todavía vale la pena ir al médico por una gripe, yo le contesto que depende de cómo se viene abajo, y no tanto de cómo arrancó.
Sentirse bien y empeorar de golpe: la señal que no hay que dejar pasar
El infectólogo Dhatri Kotekal, especialista consultado por Cleveland Clinic, lo dijo en términos que a mí me sirvieron para explicárselo a mi vieja sin enrredarnos: si uno empieza a sentirse mejor y de pronto vuelve la fiebre, aparece el cansancio extremo o se suma una tos que no afloja, eso ya no es la misma gripe. Es una señal de que el cuerpo está peleando otra batalla, probablemente una neumonía o una infección bacteriana que se instaló mientras las defensas estaban ocupadas con el virus de la influenza. Esa ventana de mejoría seguida de un empeoramiento brusco es, para Kotekal, motivo suficiente para consultar sin demora, aunque uno se sienta reacio a volver a la guardia.
- Falta de aire o sensación de que el aire no alcanza, sobre todo al caminar o al subir una escalera chica.
- Dolor o presión en el pecho, que puede sentirse como un peso o como una opresión que va y vuelve.
- Labios o uñas con tono azulado, un signo de que la sangre no se está oxigenando como corresponde.
- Confusión, desmayo o sensación de que la cabeza se nubla de repente, sin razón aparente.
- Vómitos repetidos o imposibilidad de retener líquidos, que llevan a una deshidratación severa.
En los chicos más chicos, los pediatras miran otras pistas, y vale la pena tenerlas presentes los fines de semana, cuando las guardias se llenan. La respiración acelerada, el esfuerzo que se nota en las costillas al respirar y el llanto que no se calma con nada son motivos para ir a una guardia pediátrica, aunque la fiebre haya bajado. En los adultos mayores, en cambio, el cuadro puede ser más traicionero porque a veces no aparece fiebre alta sino decaimiento, confusión o una debilidad que no se explica, y eso también merece consulta.
Quiénes están en la mira, y por qué estar sano no alcanza
Cuando le pregunto a cualquier vecino de Boedo o de Belgrano si la gripe es cosa de viejos o de personas con enfermedades previas, casi todos me contestan lo mismo: yo estoy sano, no me va a pasar nada. Y ahí es donde Kotekal pone un freno: ser una persona sana reduce el riesgo, pero no lo elimina, porque las complicaciones graves que describe la nota que estuve leyendo pueden aparecer en cuadros que parecían leves al principio. El cuerpo, al pelear contra el virus, queda expuesto a otros problemas que a veces no tienen nada que ver con los pulmones.
Dicho esto, hay grupos en los que el deterioro puede darse en apenas 24 o 48 horas, y que por eso los médicos miran con más atención: los menores de cinco años, los mayores de 65, las embarazadas y quienes conviven con diabetes, enfermedades renales, cardíacas o pulmonares, u obesidad. En ellos, una gripe que se complica puede terminar en una internación que nadie tenía en los planes, sobre todo si el cuadro arrancó como un simple catarro.
Qué puede complicarse después de una gripe
- Neumonía, la complicación potencialmente mortal más habitual: puede ser viral, cuando el propio virus de la influenza baja a los pulmones, o bacteriana, cuando una bacteria aprovecha que las defensas están distraídas.
- Sepsis, una reacción desmesurada del sistema inmunitario que termina dañando órganos propios y que necesita tratamiento urgente en una terapia intensiva.
- Empeoramiento del asma o de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, que puede dejar a la persona con una insuficiencia respiratoria aguda.
- Problemas cardíacos en pacientes con antecedentes: alteraciones del pulso y de la presión arterial, y riesgo de infarto o accidente cerebrovascular, sobre todo si la fiebre alta y la inflamación se sostienen varios días.
Lo que a mí me quedó dando vueltas, después de revisar el material con un café en la mano, fue una frase que Kotekal usa para explicar por qué la gripe no es un trámite. Cuando uno la pasa y se siente bien, suele pensar que el cuerpo ganó la pulseada, pero en realidad la inflamación que dejó el virus puede seguir trabajando en silencio, y eso es lo que vuelve peligroso ese momento en que uno creía estar del todo repuesto. Por eso la recomendación es clara: la evolución del cuadro importa tanto como los síntomas del comienzo, y si el termómetro vuelve a subir después de unos días de calma, la mejor decisión es consultar, no esperar a ver si pasa solo.
“Estar sano antes de enfermarse reduce el riesgo, pero no lo elimina, porque el cuerpo, al pelear contra el virus, queda expuesto a otras complicaciones que a veces no tienen nada que ver con los pulmones.”Dhatri Kotekal, infectólogo consultado por Cleveland Clinic
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