Jueves, 10 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕

Noticias Litoral

PortadaVida

El cuarto propio ya no es un refugio: ahora es un set de filmación

Paredes neutras, camas prolijas y luces estilo estudio de grabación reemplazaron a los pósteres y el desorden que durante décadas fueron la marca registrada de la adolescencia. La presión de una audiencia digital cambió la geografía íntima de los pibes y los especialistas empiezan a preguntarse qué se pierde en el camino.

AF
Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acá en Boedo, a la vuelta de mi departamento, hace un rato me crucé con Lourdes, una chica de diecisiete años que conozco desde que era una ranita y que ahora me saluda con la misma media sonrisa con la que se presenta ante sus seguidores. Mientras esperábamos juntos el colectivo en la parada de siempre, le pregunté por su pieza y la respuesta me dejó pensando varias horas. Me dijo, casi como pidiendo disculpas, que su cuarto ya no se parece en nada al cuarto que imaginábamos cuando éramos chicos: ya no hay pósteres despegándose, ni pilas de ropa sobre la silla, ni diarios íntimos escondidos bajo el colchón. Lo que hay es una pared pintada en un tono arena, una cama tendida como si la filmara un diseñador de interiores y una tira de luces cálidas que atraviesa el techo de un lado al otro, pensada, según me aclaró entre risas, para que la cara le quede bien cuando enciende el celular.

La escena me hizo acordar a lo que cuenta el material que tengo en la mesa: hace un par de décadas, abrir la puerta del cuarto de un adolescente era meterse en un pequeño campo minado de objetos personales, donde cada rincón gritaba la identidad de quien lo habitaba. Era un espacio desprolijo y hasta caótico, pero precisamente por eso era auténtico, un laboratorio donde se probaban músicas, lecturas, amores y peleas con los padres sin público que estuviera mirando. Hoy, en cambio, cuando uno recorre los cuartos que los propios pibes muestran en redes, lo que encuentra es una estética cuidada, casi fotográfica, que parece más un set que una habitación.

Cuando el living deja de ser un refugio

La diferencia no es puramente decorativa, y es lo que vuelve al asunto interesante de verdad. El sociólogo Erving Goffman, hace ya bastante tiempo, describió que la vida social se mueve entre un escenario donde uno sostiene una imagen pública y una trastienda donde puede aflojarse la careta y equivocarse sin que nadie lo esté mirando. Durante años, la pieza de un adolescente funcionó como esa trastienda: la puerta cerrada era un pacto tácito entre padres e hijos, una tregua que dejaba al pibe a solas consigo mismo. Ahora bien, lo que muestran las redes es que ese acuerdo se rompió, y lo que era laboratorio íntimo se está convirtiendo en decorado pensado para una audiencia que no se ve pero se siente.

La escritora Sithara Ranasinghe habla directamente de una habitación con paredes de cristal: el límite entre lo que se muestra y lo que se vive se vuelve poroso, y la intimidad queda a merced de una mirada desconocida que puede opinar en cualquier momento. En otras palabras, lo que antes se reservaba para el diario íntimo hoy está expuesto a likes y comentarios, y la consecuencia práctica es que el desorden, lo espontáneo, lo feo, tiende a desaparecer del cuarto físico porque ya no hay registro que se quiera guardar a salvo de ojos ajenos.

  • Paredes pintadas en tonos neutros que combinan con cualquier de celular.
  • Camas siempre tendidas, como si nadie durmiera ahí, listas para la foto en cualquier momento del día.
  • Tiras de luces led que cumplen la función de reflectores caseros para la cámara del teléfono.
  • Pósteres, recortes de revistas y objetos personales reemplazados por piezas minimalistas que no gritan a quién pertenecen.
  • Un escritorio ordenado al milímetro, pensado también para aparecer prolijo en cualquier toma.

La cámara apagada también vigila

Lo más inquietante de todo esto, y me parece que vale la pena dejarlo subrayado, es que el efecto no necesita un equipo de filmación ni una marca de agua con el nombre del creador. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser registrado, compartido y comentado modifica la manera en que los pibes habitan su propio espacio. Ordenan la cama no porque alguien les dijo que lo hicieran, sino porque saben que en algún momento podrían necesitar que se vea bien; guardan la ropa porque laropa revuelta ya no es una informalidad simpática sino un dato que después aparece en una story. La audiencia ya no es una persona puntual, es un murmullo internalizado que ordena sin hacerse ver.

“La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período donde el error forma parte del aprendizaje, y la pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se vuelve un set permanente.”Alejo Ferrero

Antes de cerrar la nota me acordé de otra escena, esta vez en una plaza de Palermo, donde charlando con Tomás, un chico de quince años que se había sentado a leer junto al mástil, le pregunté directamente si extrañaba aquel desorden del que hablan sus padres. Me miró como si le hubiera preguntado por algo de otro siglo y me dijo, con una sinceridad que me dejó tocado, que no quiere dejar de ser él, pero que tampoco puede evitar acomodar todo como si estuviera a punto de sonar el llamado a escena. Es justamente esa tensión, me parece, la que define por dentro a los adolescentes de hoy: quieren un cuarto propio, pero el mundo ya está mirando dentro de ese cuarto.

AF
Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo