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El neurólogo Conrado Estol y el manual para dejar de temerle al avión: mirar el cielo, mirar el celular y dejar el alcohol en el carrito

En una charla sobre los viajes en avión, el especialista argentino desarmó los mitos de las turbulencias, explicó por qué la ansiedad empieza mucho antes del embarque y dio tres claves concretas para pensar distinto cada vez que uno se sienta en la butaca del pasillo.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 23 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

A esta altura uno ya se sabe de memoria la rutina: el control del equipaje de mano en la cinta, el código del boarding pass, la fila para migraciones, el suspiro largo cuando por fin aparece la puerta de embarque. El miedo a volar, dice el neurólogo Conrado Estol, muchas veces no empieza cuando uno se ajusta el cinturón en el avión sino bastante antes, en esa serie de pasos previos al viaje que también se vuelven una fuente de ansiedad.

"Lo que vemos en consultorio es que la anticipación del embarque ya genera un montón de malestar en personas que, en realidad, no son claustrofóbicas. Lo que les pasa es que todo el periplo previo al vuelo queda asociado con la preocupación", describió el especialista, que también mencionó que la sensación de encierro en la cabina puede sumarse como un condimento más para quienes ya llegan tensos al aeropuerto.

La regla de mirar el cielo desde la pantalla

Para empezar a desarmar ese miedo, Estol propuso un ejercicio simple: abrir una aplicación de seguimiento de vuelos en el celular y mirar cómo se mueven los aviones por el mundo. La idea no es transformarse en un controlador aéreo amateur sino dimensionar cuántos vuelos salen, aterrizan y sobrevuelan en simultáneo, y entender que el viaje propio es uno más en una coreografía gigante que ocurre todo el tiempo.

Según el neurólogo, conocer las estadísticas de seguridad no alcanza para frenar la respuesta emocional. Lo que sirve, explicó, es cruzar esa información con la percepción del riesgo: entender que el movimiento aéreo es cotidiano y, aun así, seguir sintiendo el cuerpo reaccionar como si fuera excepcional.

Turbulencias: las hay con tormenta y sin tormenta

Una vez en el aire, la gran protagonista de la inquietud es la turbulencia. Ahí Estol separó las aguas: hay sacudidas asociadas a tormentas, que los pilotos pueden esquivar con cambios de ruta y herramientas meteorológicas, y hay turbulencias en aire claro, que se producen aunque desde la ventanilla se vea un cielo impecable y ningún indicio de mal tiempo. Esa segunda categoría suele ser la que más sorprende, porque no hay un estímulo visual que la explique.

  • Turbulencias con tormenta: detectables por radar y satélite, permiten modificar la ruta.
  • Turbulencias en aire claro: aparecen sin nubes ni mal tiempo visible.
  • Duración típica: segundos o pocos minutos, aunque la sensación parezca eterna.
  • Comparador sugerido: los movimientos que se toleran en un viaje en tren.

Para dimensionar esos movimientos, el médico propuso prestar atención a lo que uno acepta en tierra. "Si uno viaja en tren y el vagón se sacude cada tanto, no pasa nada. La diferencia es que en el avión la cabeza imagina que esa sacudida va a durar horas, cuando en general dura muy poco", apuntó el especialista, que también insistió en el rol de los protocolos de cabina para reducir distracciones durante las maniobras.

Por qué el alcohol no ayuda

Frente a la tentación de tomarse un whisky de más para aguantar el vuelo, Estol fue tajante: desaconsejó esa estrategia. Explicó que el alcohol puede provocar insomnio y deshidratación, justo lo contrario de lo que alguien nervioso necesita antes de despegar o después de aterrizar. "Si uno está mal, lo mejor es hablarlo, entender qué le pasa y trabajar sobre eso. Tomar para distraerse termina siendo peor", planteó.

La propuesta de fondo del neurólogo apunta a algo más grande que la cabina: que el miedo no termine condicionando los viajes, las vacaciones ni los planes laborales o familiares. Para eso sugirió mezclar información, contexto y herramientas concretas, sin apurar soluciones mágicas ni promesas de que el vértigo vaya a desaparecer de un día para el otro.

“Lo que vemos en consultorio es que la anticipación del embarque ya genera un montón de malestar en personas que, en realidad, no son claustrofóbicas. La anticipación del viaje y el periplo previo quedan asociados con la preocupación.”Conrado Estol, neurólogo
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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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