Martes, 8 de septiembre de 2026
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Ezequiel Banegas abre La Fonda en el barrio Mariano Moreno y cierra un capítulo que empezó debajo de una carpa en pleno febrero

Llegó a Neuquén a dedo desde Azul, durmió en la calle y encontró un primer refugio en un grupo de Facebook. En dos años y medio pasó de las dos hornallas a un local propio en Mitre y Correntoso, con una clientela que él mismo fue armando torta frita por torta frita.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 8 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Hay una esquina en Neuquén que en estos días deja de ser una esquina más y empieza a tener nombre. Es la de Mitre y Correntoso, en el barrio Mariano Moreno, donde Ezequiel Banegas, un pibe que todavía no cumplió los 37, está terminando de acomodar las mesas y los cartelitos de La Fonda, el local gastronómico que le cambiará la vida y que, en el fondo, le termina de cerrar un arco que arrancó de la peor manera: sin techo, sin trabajo y con una mochila que, por entonces, apenas llevaba lo puesto. Yo vine a Neuquén a dedo desde Azul, en la provincia de Buenos Aires, en febrero de 2024, con lo justo y sin tener un lugar donde dormir, me cuenta él mientras acomoda una bandeja, todavía con la adrenalina a flor de piel de quien sabe que en pocas horas abre la puerta y ya no hay vuelta atrás.

Las primeras noches en la calle y una carpa que llegó por Facebook

Las primeras noches las pasó en la calle, literalmente a la intemperie, hasta que se animó a pedir ayuda por un grupo de Facebook. Necesitaba una carpa para soportar el frío neuquino, que en verano también hace de las suyas cuando se larga el viento. Y ahí apareció Raúl, un vecino del que Ezequiel todavía habla con gratitud, que le acercó una carpa, una almohada y un acolchado. Esa ayuda mínima fue, en los papeles de la calle, todo un salvavidas: le permitió parar la pelota, reagruparse y empezar a pensar qué hacer mientras buscaba laburo en serio.

Después de unos días así, llegó el segundo envión: lo recibieron en un refugio de la calle Belgrano al 2500, donde lo contuvieron y le ofrecieron un acompañamiento que él describe, sin rodeos, como clave para volver a enhebrar la vida. Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad, me sirvió para salir adelante, recuerda todavía hoy, como si la frase la hubiera masticado muchas veces antes de poder decirla en voz alta sin que le tiemble un poco la voz.

De la logística al corralón, y de las dos hornallas a las pizzas

El primer laburo estable le llegó en el área de mantenimiento de una empresa de logística, un puesto que le permitió ordenar horarios, juntar algo de plata y, sobre todo, dejar de pensar en cómo iba a sobrevivir al día siguiente. Después saltó a un corralón en Cipolletti, donde arrancó como vendedor y, poco a poco, terminó como jefe de ventas. Esa segunda etapa, dice, le dejó herramientas que ahora aplica en su propio emprendimiento: trato con la gente, manejo de caja, lectura de lo que quiere el cliente de la vereda de enfrente.

Pero la cocina siempre estuvo picando en su cabeza. Mientras trabajaba en el corralón, en su casa, con apenas dos hornallas, un horno que no funcionaba y una heladera chica, empezó a cocinar para otros: tortas fritas, chipá y bolas de fraile que salían de su pieza para terminar en mesones improvisados del Paseo de la Costa. Cuando la gente empezó a pedir más, fue sumando pizzas, empanadas y hamburguesas, siempre de a poco, siempre midiendo hasta dónde podía llegar sin pasarse de rosca con los números. La cocina, en ese punto, dejó de ser un hobby y se transformó en la salida laboral más concreta que tenía a mano.

“Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende.”Ezequiel Banegas

Las redes sociales hicieron el resto. Arrancó con 15 seguidores en Instagram y se acercó a los mil. Ahí entendió que lo que cocinaba en su casa tenía público, y que el público estaba dispuesto a bancarlo. Así, durante un año entero, fue guardando plata como podía: Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas, resume, y lo dice con la misma sonrisa con la que recibe a un cliente que se acerca a preguntarle cuándo abre la rotisería.

La Fonda: horarios, carta y la idea de crecer de a poco

El local queda a metros de su casa, en Mitre y Correntoso, pleno barrio Mariano Moreno, y abrió sus puertas como La Fonda, un nombre que él eligió para darle a la nueva etapa una identidad propia, lejos del olor a la pieza con dos hornallas. La atención será de lunes a domingo, excepto los martes, en dos turnos bien marcados: mediodía, de 12 a 15, y noche, de 20 a 23.30. La carta arranca con lo que ya sabe hacer y lo que su clientela ya le viene pidiendo: hamburguesas, lomos, empanadas, pizzas, tartas y burritos. Más adelante, si los números acompañan, proyecta sumar un menú diario al mediodía, el clásico plato del día que en los barrios pesa tanto como el café de la mañana.

El sueño del bodegón y una advertencia que es, en realidad, una promesa

Lo que más le importa, repite cada vez que le preguntan, es que la gente que entre a La Fonda se vaya sintiendo que fue bien atendida, que comió rico y que pagó lo que tenía que pagar. Y aunque insiste en que esto no es un punto de llegada, ya tiene la mira puesta en el próximo salto: Mi sueño es abrirme un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias. Pero vamos de a poquito, paso por paso. La frase, dicha por alguien que hace dos años y medio dormía en la calle, suena menos a deseo y más a método, el mismo que usó para pasar de una carpa prestada a una rotisería propia con vidriera a la calle en pleno Mariano Moreno.

“Mi sueño es abrirme un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias. Pero vamos de a poquito, paso por paso.”Ezequiel Banegas
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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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