La esquina de los hábitos: la memoria se cuida en la cocina, el barrio y el consultorio
Un estudio internacional presentado en Buenos Aires siguió durante dos años a más de mil adultos mayores de once países y confirmó que comer mejor, moverse, ejercitar la cabeza y controlar el corazón ayuda a sostener las capacidades cognitivas. La clave, según los investigadores, es adaptar la receta a cada comunidad.

Acá en Buenos Aires, donde la avenida Cabildo se cruza con cualquier conversación de café, la pregunta por la memoria dejó de ser un tema de abuelos y pasó a ser tema de portales y de obras sociales. Esta semana, en un encuentro internacional que reunió a especialistas de toda la región, se presentaron los resultados finales de LatAm-FINGERS, un ensayo clínico que durante dos años siguió a 1.065 personas de entre 60 y 77 años distribuidas en once países de América Latina. La investigación puso a prueba una idea concreta: que un programa que combine alimentación saludable, actividad física, entrenamiento cognitivo, vida social y control de los factores cardiovasculares puede mejorar el rendimiento global del cerebro en adultos mayores sanos.
Una estrategia de cinco patas
La propuesta se apoya en cinco ejes que funcionan como las patas de una misma mesa. El primero es la alimentación, con patrones tipo mediterráneo adaptados a lo que se consigue en cada barrio: más verduras, frutas, granos enteros, pescado, aceite de oliva y frutos secos, y menos ultraprocesados. El segundo es el movimiento, porque el cuerpo que camina, nada o baila tango mantiene los vasos que irrigan el cerebro en mejor estado. El tercero es el estímulo mental, desde leer el diario hasta aprender un idioma o jugar a las cartas. El cuarto es el vínculo social, ese encuentro de mesa larga donde se conversa y se ríe, y que la pandemia dejó claro cuánto cuesta cuando falta. El quinto es el control médico de la presión arterial, la glucosa, el colesterol y el tabaquismo, porque la salud del corazón y la del cerebro van de la mano.
“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS
Crivelli, que habló con este medio después de la presentación, insistió en un punto que suele quedar afuera del consultorio: el programa no se aplicó como un paquete importado de Europa o Estados Unidos, sino que se reformuló en cada sitio. En una provincia del norte argentino, por ejemplo, la recomendación sobre aceite de oliva convivió con el uso de aceite de girasol y de mezclas locales, porque de nada sirve recetar lo que el bolsillo no puede comprar. Lo mismo ocurrió con las actividades grupales: donde había centros de jubilados fuertes, las reuniones se armaron ahí; donde no, se improvisaron en plazas y en salas de atención primaria.
Dos maneras de acompañar, un mismo objetivo
El ensayo dividió a los participantes en dos modalidades. La primera ofreció un esquema más estructurado, con actividades organizadas, encuentros periódicos y contacto frecuente con los equipos de salud. La segunda fue más laxa: entregó recomendaciones y materiales para que cada persona fuera incorporando los hábitos por su cuenta. Ambos grupos recibieron orientación preventiva sobre sus factores de riesgo. Los resultados mostraron que quienes transitaron la intervención más acompanhada presentaron una mejora estadísticamente significativa en la cognición global, ese puntaje que resume memoria, atención, lenguaje y capacidad de planificar.
La adherencia fue otra buena noticia: el 80 por ciento de los voluntarios tuvo un cumplimiento moderado o alto del programa y el 84,9 por ciento completó la evaluación final, una cifra alta para un ensayo de dos años en adultos mayores. Los investigadores aclararon, sin embargo, que estos hallazgos no significan que comer bien, caminar y controlar la presión alcancen para evitar la demencia en todos los casos. La demencia es una condición multicausal y los hábitos son una herramienta poderosa, pero no una promesa infalible.
Lo que se lleva cada vecino a su casa
Para quien lea esta nota en su cocina, en el colectivo o en la sala de espera del médico, la traducción práctica es bastante concreta. Hay que pedir que se controle la presión arterial al menos una vez por año, hacerse los análisis de glucemia y colesterol, dejar el cigarrillo si se fuma, moverse al menos ciento cincuenta minutos por semana a intensidad moderada, llenar el plato de verduras y frutas, reducir los ultraprocesados, mantener una o dos actividades que obliguen a pensar y cultivar los encuentros cara a cara con familia y amigos. Son decisiones que se toman todos los días, casi siempre sin demasiada épica, y que sin embargo pueden cambiar la trayectoria del cerebro a largo plazo.
A la salida del encuentro, mientras el sol bajaba sobre el río y la ciudad empezaba a encenderse, un investigador regional resumió el espíritu del trabajo con una frase que sonó a consejo de vecino más que a conclusión académica: la memoria no se protege con un solo gesto heroico, se cuida con la constancia de los pequeños hábitos de cada día. Esa idea, repetida en los pasillos por cardiólogos, nutricionistas, neuropsicólogos y enfermeros, fue quizá lo más fuerte que dejó la jornada: que la prevención de la demencia empieza mucho antes de los olvidos, en la mesa, en la vereda y en el control médico de rutina.
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