Martes, 8 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕

Noticias Litoral

PortadaVida

La esquina donde se cuecen los hábitos: por qué casi nadie llega a marzo con la promesa del lunes

Especialistas en salud y neurociencia coinciden en que sostener un cambio de hábitos no depende de la voluntad ni del arranque heroico, sino de pasos chicos, tropiezos tolerados y un entorno que acompañe. Una recorrida por las claves que separan a quienes lo logran de quienes lo dejan en el intento.

AF
Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 8 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Acá, en esta misma cuadra donde el verdulero de la esquina todavía te pregunta si arrancaste la dieta, empieza la historia de casi todos los proyectos de cambio que uno se propone a fin de año. Bajar de peso, dejar de fumar, empezar a caminar, moderar el trago del viernes: la lista se repite en cada mesa familiar de los barrios porteños y del conurbano. Y la pregunta de fondo es siempre la misma, la que me hizo cruzar a charlar con María Esther, que vive en Boedo y lleva tres años manteniendo una rutina de caminatas después de haberla intentando cuatro veces sin éxito: ¿qué tienen los que llegan a destino que no tienen los que abandonan en el intento?

La primera trampa en la que caemos, según la educadora en salud Vicki Griffin, es creer que lo que falla es la voluntad. Lo que en realidad falla, explica, es la distancia entre la intención y la acción concreta del día a día. Los Centros para el Control y la Prevenciùn de Enfermedades de Estados Unidos, los CDC, recomiendan traducir ese propósito general en un plan con objetivos específicos, medibles y acotados en el tiempo, porque una meta difusa es, en los hechos, una meta imposible de evaluar. Una revisiðn publicada por los Institutos Nacionales de Salud de ese país sostiene que la formulación precisa de las metas favorece el cambio de conducta justamente porque fija un criterio claro para saber si uno avanzó o no.

Tropezar no es caer: el arte de seguir después del primer resbalón

Quizá el punto más útil de toda esta conversación, al menos para los que como yo hemos jurado mil veces que el lunes empezamos, es lo que dice la Asociación Estadounidense de Psicología: los deslices ocasionales son esperables y la clave está en retomar el plan sin convertir una interrupción en un abandono definitivo. María Esther lo dice con una frase que resume todo: "Al tercer día que fallé, en vez de dejar, anoté por qué me había caído y seguí al cuarto". Griffin propone exactamente eso, usar los errores como insumo para revisar estrategias en lugar de confirmarlos como fracaso. Y la literatura sobre cambio de conducta agrega un detalle práctico: si una meta dejó de ser viable, se la ajusta, no se la tira.

El factor tiempo es determinante y no es un detalle menor. El neurocientífico Karl Bailey sostiene que el cerebro conserva capacidad para reorganizar circuitos y acompañar nuevas conductas a cualquier edad, lo cual desalienta aquella frase cínicas de "ya estoy grande para cambiar". El entorno, mientras tanto, hace el resto: la APA subraya que involucrar a familiares, amistades o grupos de apoyo refuerza la motivación y crea una suerte de responsabilidad compartida que protege al propósito de los vaivenes del ánimo. En la vereda de enfrente del quiosco de Boedo, María Esther lo resume con una verdad que no está en ningún paper académico pero que vale lo mismo: "Lo que me sostuvo no fue la fuerza de voluntad, fue saber que no estaba sola". Y eso, en la vida cotidiana, suele pesar más que cualquier decálogo.

AF
Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo