Viernes, 18 de septiembre de 2026
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La huerta se estira hasta el cantero y esta primavera se come con los ojos

Septiembre abre la puerta para mezclar cultivos de estación y aromáticas perennes en un mismo rincón del jardín; cómo pensar el diseño, dónde poner el sol y por qué la red anti-pájaros puede quedar escondida entre las flores.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 18 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acá, en esta esquina del barrio donde el río se cruza con la cortada de siempre, septiembre llega con ese aire particular que ya va dejando de ser invierno sin terminar de ser verano. Y es justamente en este puente de las estaciones cuando la huerta empieza a pedir pista, no como un cuadrado aislado al fondo del terreno, sino como una pieza más del rompecabezas verde que mira por la ventana de la cocina. La idea de fondo es bastante simple y, a la vez, bastante revolucionaria para muchos: que convivan, en el mismo espacio, el tomate que termina en la ensalada y la flor que alegra el desayuno.

Pensar el espacio antes de tirar la primera semilla

Antes de correr a la feria por un plantín de albahaca, conviene frenar un segundo y mirar el lugar con otros ojos. ¿Cuánto sol le entra por la mañana? ¿Dónde queda la canilla más cercana? ¿Qué quiero tapar y qué quiero que se vea? Esas preguntas, que parecen de adorno, terminan definiendo si la huerta prospera o queda en intento. En la Argentina, una regla práctica y muy de manual es mirar hacia el norte: ese es el sector donde el sol pega con más fuerza y donde conviene plantar lo que más lo necesita, como el tomate, la berenjena o el pimiento.

  • Identificar el norte para ubicar los cultivos que exigen más sol.
  • Reservar un sector cercano a una toma de agua para facilitar el riego en los meses de calor.
  • Pensar qué vista se quiere ocultar y qué se quiere destacar desde la ventana o el living.
  • Combinar especies perennes, como romero, tomillo, orégano y laurel comestible, con cultivos de temporada, como lechuga, pepino, albahaca y tomate.
  • Anticipar el tamaño final de cada planta para que ninguna tape a las otras ni bloquee el paso de luz.

Una de las claves que repiten los jardineros con experiencia es esa idea de mezclar lo que dura con lo que se renueva. Las aromáticas perennes le dan estructura al conjunto casi todo el año, mientras los cultivos de estación van rotando y mantienen vivo el movimiento del cantero. Así, cuando la planta de lechuga cumple su ciclo, el romero sigue firme y otra especie toma su lugar.

El diseño, además, puede resolver problemas prácticos con bastante elegancia. Un laurel comestible, que crece varios metros y se deja podar, sirve para armar un cerco verde que tape ese rincón con el ténder o el depósito de basura que nadie quiere mirar. Sobre un alambrado, el taco de reina se trepa y regala flores amarillas, anaranjadas o rojizas según la variedad, sumando color sin robar demasiado espacio útil en el suelo.

“Cuando uno planifica la huerta como parte del jardín y no como un parche aparte, termina cosechando dos veces: los alimentos y la vista.”vecino del barrio de Belgrano

También hay decisiones que conviene tomar antes de que el calor apriete y todo crezca al mismo tiempo. Las frutillas, por ejemplo, suelen necesitar una red para que los pájaros no se lleven la cosecha antes que uno. Ubicar ese sector en un lugar secundario permite esconder la cobertura sin que rompa la estética del frente. Y en el piso, ya sea en tierra o en maceta, el compost y el humus de lombriz se vuelven aliados para mejorar la estructura del suelo y aportar nutrientes de manera casi casera.

Cuidado con qué se rocía: en la huerta todo se come

El punto más delicado, y donde muchos pifan sin querer, es el de los productos fitosanitarios. Como en el mismo espacio van a convivir plantas ornamentales con plantas que van directo al plato, todo lo que se aplique, incluso sobre las flores, tiene que estar aprobado para cultivos comestibles. Es un detalle que parece menor pero que marca la diferencia entre una cosecha sana y una cosecha que termina en la basura.

Septiembre, entonces, se presenta como una buena excusa para replantear ese rincón del jardín que siempre queda medio abandonado. Con un poco de planificación previa, sol bien ubicado, agua a mano y una mezcla razonable de aromáticas, flores y hortalizas, la huerta de primavera deja de ser un cuadrado de tierra al fondo y pasa a ser parte del paisaje que se ve desde la ventana. Y, como dice Rubén, un vecino con el que charlé esta mañana mientras regaba sus tomates: «Lo mejor de mezclar todo es que uno sale a cortar el perejil y vuelve con un ramo entero en la mano».

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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