Viernes, 18 de septiembre de 2026
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La mochila y el desayuno: por qué la primera comida del día pesa en el aula

Una revisión de estudios encontró que saltearse el desayuno se asocia con peores resultados escolares en chicos y adolescentes, aunque sin probar causalidad. Una dietista de Cleveland Clinic propone preparaciones nocturnas para que las mañanas no se conviertan en una carrera contra el reloj.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 18 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acá, en la esquina de cualquier escuela primaria porteña, a las siete y media de la mañana todavía se ve a padres y madres que ajustan la mochila con una mano y con la otra estiran a un pibe quejoso hacia la puerta. Es una escena mínima, casi invisible, pero condensa un debate que la ciencia viene dando desde hace rato: qué pasa cuando ese chico sale de casa sin desayunar. Una revisión reciente de investigaciones pone el tema sobre la mesa otra vez, y yo, que vengo cubriendo estas cuestiones desde hace años, quiero contarles qué dice y, sobre todo, qué hacer al respecto sin volverse loco entre dos tostadas.

Antes de meternos en la cocina, vale aclarar algo que a veces se pierde: asociación no es causalidad. Saltarse el desayuno aparece asociado a un menor rendimiento escolar, sí, pero eso no significa que omitir esa comida provoque, por sí solo, las malas notas. En el medio entran el sueño, la situación económica del hogar, la calidad general de la alimentación y hasta las rutinas de estudio. Tenerlo presente nos evita caer en soluciones mágicas y, al mismo tiempo, nos permite ocuparnos de lo que sí está a nuestro alcance.

Lo que dicen los estudios y lo que no

Una revisión sistemática que reunió 45 investigaciones encontró que desayunar puede mejorar la atención, la memoria y la llamada función ejecutiva —básicamente, las herramientas mentales que usamos para organizarnos y resolver problemas— en comparación con seguir en ayunas. Los resultados, eso sí, fueron desparejos: dependieron del tipo de prueba utilizada y del perfil de los chicos estudiados, y los beneficios aparecieron con más frecuencia cuando había insuficiencia alimentaria o desnutrición de fondo.

En paralelo, un análisis de 24 estudios observacionales vinculó la falta de desayuno con un mayor riesgo de desempeño académico bajo. La conclusión, como me aclaraba la especialista Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children’s, no zanja la discusión: «No podemos decir que desayunar garantiza buenas calificaciones, pero sí que es una pieza más del rompecabezas del aprendizaje», resumió. Y las piezas, en estos casos, son muchas.

La noche anterior puede salvar la mañana

Acá viene lo práctico, que es donde muchos padres se traban. La organización del día previo, según Hyland, es la diferencia entre que un chico desayune o salga con el estómago vacío y un jugo en la mano. La idea es simple: dejar listas varias preparaciones para que a la mañana solo haya que agarrar, calentar o mezclar. Algunas opciones que ella menciona:

  • Avena remojada (overnight oats): se arma en un frasco la noche anterior con avena, leche o yogur y queda lista para llevar.
  • Huevos ya hervidos en la heladera, listos para comer solos o dentro de un sándwich.
  • Fruta lavada y cortada, guardada en recipientes herméticos.
  • Sándwiches de huevo que se pueden freezar y calentar unos minutos antes de salir.
  • Yogur griego con granola de bajo contenido de azúcar, armado en un pote la noche anterior.

La regla que propone la dietista para armar el plato es fácil de recordar: proteína más fibra. Esa combinación —explica— ayuda a mantener la saciedad por más tiempo y evita el bajón energético de media mañana. Algunos ejemplos que ella sugiere: un huevo con una tostada integral, un cereal integral con leche y fruta, o el clásico yogur griego con granola. La elección, aclara Hyland, depende de los gustos, la edad y el tiempo disponible de cada familia, y no existe una cantidad única de proteína que sirva para todos los chicos.

Mariela, vecina de Villa Urquiza y madre de tres, me contaba mientras esperaba el colectivo escolar que en su casa la discusión de la mañana era histórica hasta que empezaron a dejar todo listo la noche anterior: «Ahora los más chicos se sirven solos el yogur y la fruta, y el grande se lleva un sándwich al colegio. Cambió la dinámica, y de paso yo salgo menos corriendo». Es un caso entre miles, pero resume la idea de fondo: cuando el desayuno está al alcance de la mano, la chance de saltearlo baja.

“Después del ayuno nocturno pueden aparecer cansancio, menor claridad para pensar y lentitud física; desayunar aporta la energía para enfrentar las primeras horas de actividad.”Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children’s

Un consejo que vale para todas las edades

Hyland también advierte sobre un enemigo silencioso: los desayunos cargados de azúcar, como cereales azucarados, facturas o jugos industriales. «Pueden dejar hambre al poco rato y generar un descenso de energía después», señala. En su lugar, recomienda leer etiquetas y elegir opciones que combinen los nutrientes de los que hablamos antes, sin perder de vista que lo más importante —repite— es que el chico efectivamente desayune, aunque sea algo sencillo.

Mientras la evidencia sigue sumando páginas para definir cuál es el desayuno ideal —algo que, según los propios investigadores, todavía no está cerrado—, hay algo que ya parece claro: la organización hogareña puede ser tan determinante como el menú. Preparar la noche anterior no es un capricho de revista de moda; es, en muchos casos, la diferencia entre que un chico llegue al aula con energía o con el estómago vacío. Y en esa diferencia, como muestran los estudios aunque sin probarla del todo, se juega una parte del rendimiento escolar que muchas veces pasamos por alto.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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