La mutación que la mayoría ignora y que puede estar detrás de la ansiedad, el déficit de atención y los abortos espontáneos
Casi la mitad de la población tiene una variante del gen MTHFR que impide aprovechar el ácido fólico. Hay un cambio simple en la suplementación que puede destrabar años de síntomas mal diagnosticados.

Arrancamos en la esquina de siempre, esa donde el kiosco de diarios ya no abre los domingos pero todavía se siente el olor a café con leche del bar de la otra cuadra. Ahí, en una mesa del fondo, me crucé con Marta, de Villa Crespo, que me contaba algo que le venía pasando desde hacía años: ansiedad que aparecía sin motivo, un cansancio que no se iba ni durmiendo diez horas, y dos embarazos que no llegaron a término. Me lo dijo así, sin anestesia: "Yo pensé que era algo mío, que no servía para esto, y resulta que era un gen". Esa conversación, que parece una más de las que se dan en cualquier barrio porteño, es la puerta de entrada a un tema que la medicina todavía no tiene en el radar de la mayoría de los consultorios.
El gen MTHFR, cuyo nombre técnico es metilentetrahidrofolato reductasa, cumple una función muy específica en el cuerpo: transforma el folato que comemos en su forma activa, la que el organismo realmente puede usar. Cuando ese gen presenta una variante común, esa transformación falla. El cuerpo recibe folato o ácido fólico pero no puede aprovecharlo, y el resultado aparece como un déficit aunque la persona coma bien y tome suplementos. El dato duro es elocuente: la variante está presente en alrededor del 46 por ciento de la población mundial, según las estimaciones que circulan en la literatura especializada. Es decir, casi uno de cada dos personas.
Síntomas que rara vez se asocian con una causa genética
Lo más llamativo, y a la vez lo más preocupante, es el abanico de manifestaciones que pueden tener origen en esta mutación. Quienes la portan suelen presentar mayor incidencia de ansiedad, de trastorno por déficit de atención e hiperactividad y, en el caso de las mujeres, abortos espontáneos. Son síntomas que en la práctica clínica habitual se tratan por separado, muchas veces con psicofármacos o con derivaciones a especialistas, sin que nadie pregunte si hay un problema de base en la metabolización de una vitamina. "Las personas no están rotas, simplemente tienen una deficiencia", suele decir Gary Brecka, especialista en biología humana, cuando describe la condición. La frase es casi una definición del problema: no hay un trastorno del ánimo como entidad cerrada, sino un cuerpo que no puede procesar lo que ingiere.
El cambio concreto que se puede hacer hoy
- Reemplazar el ácido fólico por metilfolato, también llamado 5-MTHF, que es la forma biodisponible y no necesita conversión enzimática.
- Revisar las vitaminas prenatales: las mujeres en etapa gestacional con la variante deben asegurarse de que la versión sea metilada.
- Tener en cuenta que el ácido fólico es un compuesto de laboratorio sintetizado por primera vez en 1943, distinto del folato natural que contienen los alimentos.
- Considerar que, desde 1993, varios gobiernos obligan a enriquecer con ácido fólico los granos procesados como panes, harinas, cereales y pastas, un aporte que para quienes tienen la mutación no solo resulta inútil sino que puede acumularse sin procesarse.
Acá es donde la cosa se vuelve tierra firme: el ajuste es simple, pero hay que saber qué pedir. No alcanza con ir a la farmacia y comprar el primer frasco de ácido fólico que aparezca en la góndola; al contrario, para un porcentaje enorme de la población esa puede ser exactamente la decisión equivocada. La diferencia entre tomar ácido fólico y tomar metilfolato es, en muchos casos, la diferencia entre seguir con síntomas durante años y empezar a sentirse bien.
El otro frente: la vitamina D3
Hay un segundo nutriente que en los últimos años viene ganando protagonismo en las consultas, y que se vincula de manera directa con la salud de largo plazo: la vitamina D3. El rango clínico que los laboratorios marcan como normal va de 30 a 100 nanogramos por decilitro, pero ese piso de 30 representa, en la práctica, una deficiencia. El nivel que la evidencia disponible asocia con menor riesgo de ciertas enfermedades, entre ellas el cáncer de mama en mujeres, se ubica entre 60 y 80 nanogramos por decilitro. La recomendación mínima que manejan los especialistas es de 5.000 unidades internacionales diarias, incluso en personas que toman sol con regularidad, algo que en Buenos Aires no siempre alcanza durante los meses de invierno.
Un detalle que suele quedar fuera de la conversación: la D3 no se debería tomar sola. La vitamina D3 funciona como una molécula de transporte de calcio, y la K2 es la que define hacia dónde va ese calcio. Sin K2, el mineral puede terminar depositándose en lugares donde no debería, como las arterias, en lugar de fijarse en los huesos. Por eso, cada vez más profesionales sugieren suplementar D3 junto con K2, una combinación que en las farmacias locales ya se consigue sin receta pero que conviene conversar con el médico de cabecera antes de empezar.
Cuando me despedí de Marta en la puerta del bar, me dijo una frase que me quedó dando vueltas: "Yo pasé años pensando que era yo, y ahora resulta que era una cosa que se arregla con un comprimido distinto". Tiene razón. A veces la respuesta más importante no está en un tratamiento complejo ni en una terapia larga, sino en entender qué le pasa al cuerpo y en hacer un cambio chico pero preciso. Acá, como en tantos otros temas de salud, la información correcta vale más que cualquier suplemento mal elegido.
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