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La odisea de Brad Pitt en el Himalaya: a 28 años del estreno, la película que China no quiso ver

Recorremos "Siete años en el Tíbet", el film de Jean-Jacques Annaud que marcó a Pitt, lo enemistó con Beijing y le cambió la vida a su propio protagonista en la ficción.

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Sofía BianchiCultura y espectáculos · 22 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Les confieso algo: cada vez que alguien me dice que no vio "Siete años en el Tíbet", me dan ganas de recomendarles una función de esas de cineclub de los domingos a la tarde. La película de Jean-Jacques Annaud, que llegó a las salas argentinas en 1997, es de esas historias que uno descubre de grande y piensa: cómo no la vi antes. Y encima tiene el condimento extra de que fue prohibida en China, su protagonista no podía pisar ese país durante años y, sin embargo, el tiempo le terminó dando la razón a más de uno.

El arranque es pura aventura setentosa bien entendida. Brad Pitt le pone la cara y el cuerpo a Heinrich Harrer, un alpinista austríaco de elite que en 1939 decide separarse de su esposa embarazada para sumarse a una expedición al Himalaya. Hasta ahí, un planteo clásico de macho duro la montaña. Pero la Segunda Guerra Mundial le tuerce los planes al personaje: termina prisionero y la escalada deja de ser lo importante.

De la fuga a Lhasa, con el Dalai Lama en el camino

Años después, Harrer consigue escaparse. Y acá la película cambia el eje: ya no importa tanto la hazaña deportiva como lo que le pasa por dentro a este tipo. Su recorrido lo lleva hasta la residencia del Dalai Lama, un chico entonces, con quien entabla una amistad que se vuelve el corazón del relato. Annaud se toma su tiempo para mostrar cómo se construye ese vínculo, cómo el alpinista arrogante va cediendo terreno y cómo el budismo le va modificando la mirada. Es, en el fondo, una película sobre un hombre que llega al techo del mundo y descubre que el viaje más importante era otro.

En paralelo, la película va mostrando los movimientos chinos en la frontera, esa preparación para lo que después fue la invasión al Tíbet de 1950. Ese contexto histórico le da peso político a una historia que arrancó como aventura pura. Annaud no se queda solo en el espectáculo de montaña: mete la cámara en el monasterio, en las ceremonias, en las conversaciones entre maestro y discípulo, y le devuelve al espectador una postal de un mundo que estaba a punto de desaparecer.

  • Protagonista: Brad Pitt como Heinrich Harrer, alpinista austríaco.
  • Director: Jean-Jacques Annaud, francés, especialista en películas de gran formato.
  • Año de estreno: 1997, basada en la autobiografía real de Harrer.
  • Contexto histórico: la preparación china para la invasión al Tíbet en 1950.
  • Curiosidad: el rodaje se hizo en Argentina, en la quebrada de Humahuaca y otras locaciones del Norte, porque China les cerró las puertas a Pitt y a Annaud.
  • Prohibición china: en 1997 Beijing vetó los estrenos de Sony; Pitt y Annaud no podían entrar al país.
  • Levantamiento parcial del veto: Annaud pudo ingresar en 2012 y filmó "El último lobo"; Pitt recién pudo entrar en 2014.

La trastienda: por qué China se enojó tanto

Acá viene el costado de película maldita, que a mí, cinéfila de toda la vida, me fascina. Cuando se estrenó, el gobierno chino la consideró una afrenta: mostraba al Dalai Lama como un chico alegre y al Tíbet como una nación libre a punto de ser aplastada. La respuesta fue dura: prohibieron todos los estrenos de Sony Pictures durante 1997 y les pusieron a Pitt y a Annaud una prohibición de ingreso de por vida. Lo de por vida duró menos de lo previsto: el director pudo entrar en 2012 y hasta rodó allí "El último lobo", y Pitt recién pisó China en 2014, ya con otra cara, otro pelo largo y otra película bajo el brazo.

Más de dos décadas después, "Siete años en el Tíbet" sigue siendo una rareza: una superproducción hollywoodense con estrellas, paisajes imponentes y un discurso espiritual que no cae en lo cursi. Pitt está enorme en el papel, lejos de su galán de "Entrevista con el vampiro" o "El club de la pelea": acá se permite dejar el ego de lado y mostrarse vulnerable, perdido, aprendiendo. Y Annaud maneja los tiempos como el avezado director que es, alternando escenas de acción a mil metros de altura con momentos íntimos en el monasterio.

Si nunca la vieron, déjenme decirles que está disponible en plataformas y que vale cada minuto. Es de esas películas que, cuanto más grande uno se pone, más se disfruta. Y si ya la vieron, mirenla de nuevo: el final, con ese Harrer mirando cómo su mundo se desarma y cómo igual sigue adelante, pega distinto a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta. A mí me sigue emocionando como la primera vez.

SB
Sofía BianchiCultura y espectáculos

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