Picazón que no se apaga: la dermatitis atópica se cronifica cuando la plata no alcanza
Un relevamiento de AEPSO revela que casi la mitad de los pacientes con dermatitis atópica posterga o directamente suspende sus consultas por motivos económicos. La enfermedad, que no tiene cura pero sí tratamientos efectivos, golpea de lleno en el sueño, el trabajo y los vínculos, y los especialistas insisten en que el seguimiento continuo es la única manera de ganarle la pulseada.

Acá, a la vuelta, en cualquier barrio de la ciudad o en pueblos del interior, hay familias que conviven con una piel que arde, que pica sin parar, que no deja dormir a los chicos ni a los grandes. La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel cuyo síntoma más incapacitante es, justamente, esa picazón persistente que parece no dar tregua. No tiene cura, eso lo aclara de entrada la comunidad médica, pero se puede controlar. El problema es que cada vez más personas dejan de intentarlo, no porque el tratamiento no sirva, sino porque sostenerlo se vuelve una carrera con obstáculos que muchas veces se parecen mucho a la falta de plata.
Lo que dicen los números de AEPSO
Un relevamiento que la Asociación Civil para el Enfermo de Psoriasis (AEPSO) realizó entre pacientes y cuidadores arrojó datos que duelen: el 48,5 por ciento de los consultados postergó o directamente suspendió sus consultas médicas en los últimos seis meses por motivos económicos. El 44,8 por ciento tuvo dificultades para acceder a los medicamentos indicados y el 37,3 por ciento redujo o dejó de comprarlos, lisa y llanamente, por falta de recursos. Casi dos de cada diez personas reconoció que no seguía el tratamiento prescripto, y cuando se les preguntó por qué, las respuestas volvieron a girar en torno al mismo cuello de botella: la plata, siempre la plata.
- El 48,5 por ciento postergó o suspendió consultas médicas en los últimos seis meses por motivos económicos.
- El 44,8 por ciento tuvo dificultades para acceder a los medicamentos indicados.
- El 37,3 por ciento redujo o dejó de comprar los medicamentos por falta de recursos.
- Cerca de dos de cada diez personas no seguía el tratamiento prescripto, principalmente por las mismas razones.
- El 63,4 por ciento reportó alteraciones en la calidad del sueño.
- El 61,9 por ciento debió modificar su rutina cotidiana.
- El 56,7 por ciento dijo que la enfermedad afectó su calidad de vida en términos generales.
La enfermedad golpea fuerte desde temprano: afecta al menos al 10 por ciento de los chicos y adolescentes en la Argentina. Aunque es más frecuente en la primera infancia, puede aparecer a cualquier edad, y en aproximadamente tres de cada diez casos se queda durante toda la adultez. Las lesiones suelen aparecer en la cara, el cuero cabelludo, las orejas, el dorso de las manos y distintas zonas de los brazos y las piernas. Su evolución alterna brotes con períodos de remisión, lo que obliga a un ida y vuelta constante con los profesionales y a un cuidado sostenido en el tiempo, algo que se complica todavía más cuando el bolsillo no acompaña.
Una enfermedad que se mete en la vida entera
“El picor no deja dormir, ni permite la vida social, el trabajo, la escuela, baja la autoestima y complica tremendamente la dinámica familiar. Afecta la vida las 24 horas.”Silvia Fernández Barrio, presidenta de AEPSO
Lo que dice Silvia Fernández Barrio, presidenta de AEPSO, se repite en cada consulta y en cada casa. El relevamiento confirmó ese impacto que los pacientes describen en primera persona: el 63,4 por ciento reportó alteraciones en la calidad del sueño, el 61,9 por ciento debió modificar su rutina diaria y el 56,7 por ciento aseguró que la enfermedad le cambió la vida en términos generales. Hay datos que también preocupan y que vale la pena repetir: quienes sufren picazón crónica e intensa tienen tres veces más probabilidades de desarrollar depresión y el doble de chances de sufrir ansiedad. No es un tema menor, ni un tema de piel nomás.
Los especialistas remarcan que el diagnóstico temprano y un seguimiento continuo son las llaves para ajustar el tratamiento a las características de cada paciente, algo que ellos llaman un enfoque personalizado, y que permite controlar los síntomas y mejorar la calidad de vida. El gran desafío, coinciden, sigue siendo otro: sostener ese tratamiento en el tiempo cuando la economía del hogar no da para más.
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