Roseti y el ruido que se apaga: una vuelta al vinilo en el fondo de Chacarita
En un galpón inesperado del barrio, un DJ de Villa Urquiza armó un templo sonoro con parlantes de los años cincuenta y este domingo cierra el festival MUTEK. La propuesta es casi una provocación: dejar el celular en el bolsillo y escuchar un disco entero, de principio a fin.

Acá, en la cuadra de Roseti, casi llegando al cruce con Córdoba, el portón de chapa oxidada no anticipa demasiado. Del lado de afuera suena el ruido de siempre en Chacarita: una moto que frena, un colectivo que se arrima a la parada, un vecino que cruza hablando por teléfono. Pero del otro lado de la persiana, en un galpón de 540 metros cuadrados, hay un silencio distinto. Es un silencio con forma de ritual, hecho para escuchar música como se escuchaba antes de que existiera la pantalla del celular. El lugar se llama Artlab y este domingo, 14 de diciembre, cierra nada menos que la octava edición porteña del festival MUTEK, un encuentro de música electrónica experimental que nació en Montreal a principios de siglo y que en estas pampas aterrizó en 2018 de la mano del mismo hombre que ideó este sótano sonoro: Gonzalo Solimano.
Un templo armado con parlantes de un cine porteño
Gonzalo tiene 46 años, nació en Villa Urquiza y es DJ y productor. Lo conozco de escucharlo hace rato en la escena local, pero acá, sentado en uno de los sillones que él mismo mandó a poner entre las consolas, me cuenta que Artlab no arrancó como un boliche sino como un experimento. Funciona desde 2015 en ese mismo predio y la idea vertebral la montó alrededor de algo que parece insólito en un club nocturno: ocho sistemas de parlantes Altec modelo A7 fabricados en 1954, piezas de la vieja escuela analógica que, según las sospechas de Gonzalo, salieron de un cine porteño icónico que él todavía no terminó de confirmar. 'Hay indicios, pero quiero ser cuidadoso antes de afirmar la procedencia', me dice, y la aclaración dice mucho de cómo se maneja.
“Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.”Gonzalo Solimano, director de Artlab y productor
Dos ciclos bien distintos bajo el mismo techo
- Audiófilos: una sesión pensada para escuchar un álbum completo, sin distracciones. Puede ir de Miles Davis a Pink Floyd, de Invisible a Massive Attack, en vinilo, CD o archivos sin pérdida, según lo que mejor le siente a cada obra.
- Círculo de Sonido: la trastienda más bailable. Gonzalo y otros DJs se ponen detrás de la consola y sostienen la llama del house con sesiones regulares que paran todo Chacarita los fines de semana.
- Jazz y artes visuales: el galpón también se abre a propuestas de jazz y a muestras de arte, aunque la electrónica en sus variantes sigue siendo el motor central del lugar.
MUTEK, la electrónica que no quiere parecerse a una fiesta multitudinaria
El domingo, la cita es con el cierre de la octava edición local de MUTEK, un festival que en Buenos Aires se planta a contrapelo de los shows electrónicos masivos: la idea es experimentar con sonido, audiovisual y nuevas tecnologías, no llenar una cancha con miles de personas. La producción corre por cuenta del propio Gonzalo, que se mueve entre cables, vinilos y cajas de envío con la misma cara de quien coordina una mudanza y un set de techno al mismo tiempo. 'La electrónica experimental necesita otro tipo de escucha', me dice, y agrega que la diferencia con los festivales grandes es justamente esa: no se trata de gritar los nombres de los artistas, sino de sentarse y dejarse llevar por lo que sale de las cajas.
Le pregunto por la inteligencia artificial, que en este 2025 ya se metió en todas las discusiones de la música. Gonzalo no se hace el listo ni se asusta: 'Es un recurso muy potente y la clave es que te asista para crecer en tu investigación y para simplificar procesos, no que haga tu obra por vos', dice, y la frase, dicha en un lugar donde todo se hace en vivo, suena a credo. Después señala algo que también se nota en la calle: que los pibes vuelven al vinilo y, de a poco, redescubren el CD. 'Quieren objetos físicos, rituales', insiste, y uno mira alrededor, los sillones, las cajas Altec, y entiende que acá, en este galpón de Chacarita, el ritual se viene montando desde hace rato, con o sin audiencia masiva.
Cómo llegar y por qué vale la pena
Para quien nunca se haya acercado, la dirección es Roseti 93, en Chacarita, a pocas cuadras de la estación del mismo nombre sobre la línea Mitre. La entrada se gestiona por la web del festival y los cupos son limitados, justamente porque la propuesta depende de que la sala no se llene como un recital convencional. Héctor, un vecino del barrio que conozco de verlo en el almacén de la esquina, me dijo el otro día que va de vez en cuando porque le gusta 'bailar como se bailaba antes', y resume sin querer lo que Artlab busca desde hace casi una década: una vuelta a la música como experiencia compartida y no como fondo de pantalla para mirar el celular. 'Lo que más disfruto es ver a la gente prestar atención', cierra Gonzalo antes de irse a enchufar los Altec para el ensayo de la noche, y uno se queda pensando si todavía está a tiempo de pedir prestado un disco completo, sin pausas y sin notificaciones, en una ciudad que ya casi no sabe hacer ninguna de las dos cosas.
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