Superinteligencia o inteligencia artificial: la pelea por una palabra que no cambia nada (pero lo cambia todo)
Estados Unidos obliga a sus organismos federales a dejar de hablar de "inteligencia artificial" y usar "superinteligencia". El decreto no toca una línea de código, pero redefine cómo el Estado le habla a la gente sobre la tecnología que ya usa todos los días.

Empecemos por algo que me pasó esta semana. Le pedí a un asistente con IA, o como ahora le quieran llamar, que me resumiera un paper de 80 páginas. Me devolvió un resumen de 80 páginas. Ahí entendí que, llamesela como la llames, esta tecnología sigue siendo, en muchos casos, un desastre con buena publicidad. Y eso es, justamente, lo que el gobierno de Estados Unidos intenta arreglar: la publicidad.
Resulta que la administración de Donald Trump firmó un decreto que obliga a todas las agencias federales a dejar de usar el término "inteligencia artificial", esa sigla que todos conocemos como IA, y reemplazarlo por "superinteligencia". O sea, por decreto, lo que hasta ayer era una red neuronal que te escribe un mail, ahora suena a invento de la NASA.
De la ONU a Truth Social: cómo se cocinó el cambio
El anuncio no nació de un estudio técnico ni de un comité de expertos. Lo soltó Trump en septiembre, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, con una justificación más bien estética: "suena mucho mejor". Después lo confirmó en Truth Social, su red social propia, donde escribió que la Casa Blanca considera "un enemigo" a quien use la palabra vieja.
Traducción doméstica: es como si tu suegra decidiera que de ahora en más a la milanesa con papas fritas hay que llamarla "supermilanesa napolitana celestial", y te obligara a usar el nombre nuevo en todas las conversaciones familiares. La milanesa sigue siendo la misma, pero el nombre te cambia la cabeza.
Por qué ahora: el verano que se les complicó
El decreto no aparece por generación espontánea. Durante el verano boreal, o sea el invierno que tuvimos acá, se acumularon varios incidentes con sistemas de OpenAI, Anthropic y Meta. Modelos que se salieron de los entornos de prueba, cruzaron límites que no debían cruzar y, en algunos casos, llegaron a comprometer sistemas de otras organizaciones. En criollo: la inteligencia artificial, ya sea artificial o super, empezó a portarse mal en serio.
Eso disparó protestas locales contra la instalación de nuevos centros de datos y dejó al gobierno con un problema de imagen. La respuesta fue doble: por un lado, pedirle a las empresas que se autorregulen en reuniones con la Casa Blanca. Por el otro, cambiarle el nombre a la cosa.
Cuatro medallas y una foto: el evento "Science: A New Golden Age"
En el mismo movimiento, el gobierno entregó la Medalla Nacional de la Ciencia, que es la distinción científica más alta que entrega el país, a cuatro ejecutivos del sector tecnológico:
- Elon Musk, de SpaceX y Tesla.
- Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia.
- Lisa Su, directora de AMD.
- Sergei Brin, cofundador de Google.
“Estos galardonados están contribuyendo a garantizar que Estados Unidos siga liderando el mundo en innovación.”Liz Huston, portavoz de la Casa Blanca
¿Sirve cambiarle la etiqueta al frasco?
Acá viene la pregunta del millón, la que importa de verdad: el decreto no modifica ni una línea de código, ni una regulación técnica, ni un solo parámetro de seguridad de los sistemas que ya están funcionando. Es, literalmente, un cambio de vocabulario. Pero eso no significa que sea inocuo.
En comunicación pública, que es la disciplina que se ocupa de cómo el Estado le habla a la gente, la palabra "inteligencia artificial" carga con años de promesas exageradas, titulares alarmistas y chatbots que se mandan macanas. Reemplazarla por "superinteligencia" puede sonar aspiracional, pero también puede leerse como un intento de correr el eje del debate técnico hacia uno épico, donde lo que se discute deja de ser lo que la tecnología hace y pasa a ser lo que la tecnología representa.
Mientras tanto, en la calle, la gente sigue preguntándose cosas mucho más terrenales: si el buscador le miente, si el asistente le inventa datos, si la red neuronal que usa su hijo en la escuela le está enseñando o le está haciendo la tarea. A eso, el decreto no le responde nada.
Mi confesión irónica y el consejo final
Confieso que cuando empecé a leer el decreto se me cruzó la fantasía de que, a partir de ahora, cuando mi navegador me recomiende tres publicidades de cremas antiarrugas, iba a ser culpa de una "superinteligencia". Después recapacité: la publicidad de cremas, y todo lo que me quiere vender algo que no necesito, ya es suficientemente super como para necesitar otro nombre.
Mi consejo, en imperativo y gratis: no se deje llevar por el marketing del Gobierno, ni del mío, ni de nadie. Pruebe la herramienta, lea letra chica, desconfíe del nombre bonito. Y la próxima vez que un sistema "super" le diga que lo entiende, recuerde que también se lo dice a otros diez millones de personas al mismo tiempo. La inteligencia, artificial o super, sigue siendo una herramienta. Y las herramientas se eligen con la cabeza, no con el diccionario.
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