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Treinta minutos en la bici antes de acostarse, un escudo modesto contra la mala noche

Un estudio publicado en la revista SLEEP mostró que una sesión corta de ejercicio moderado ayuda a preservar la memoria cuando se duerme poco. La clave parece estar en el sueño profundo de la primera mitad de la noche, donde el cerebro termina de guardar lo aprendido.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 5 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Acá, en la mitad de una semana cualquiera, basta con cruzar la esquina de cualquier bar para escuchar la misma queja: con tan pocas horas de sueño uno se levanta como si le hubieran dado una paliza, la cabeza no responde, los nombres se escapan y hasta el café parece rendirse antes que uno. Lo que un grupo de investigadores de la Universidad Concordia, en Montreal, acaba de aportar es un dato que, sin prometer milagros, abre una puerta interesante: media hora de ejercicio moderado antes de irse a la cama puede amortiguar parte del daño que una noche corta le infringe a la memoria.

Cómo se midió el efecto

El trabajo, publicado en la revista SLEEP, reunió a adultos jóvenes de entre 18 y 35 años sin trastornos de sueño y los repartió en cuatro grupos. Uno descansó 8,5 horas sin moverse; otro durmió solo 4,5 horas y tampoco hizo actividad física; un tercero combinó sueño completo con ejercicio; y el cuarto, el más interesante para los que vivimos con el reloj en contra, pedaleó 30 minutos en una bicicleta de intensidad moderada antes de acostarse y después durmió apenas 4,5 horas.

Antes de apagar la luz, todos memorizaron 80 pares de rostros y nombres. Los que integraban los grupos activos completaron la sesión de ciclismo calibrada según la capacidad cardiorrespiratoria de cada uno, de modo que el esfuerzo fuera moderado y parejo. A la mañana siguiente, los participantes enfrentaron una prueba con 120 pares, mezclando estímulos ya conocidos con otros nuevos.

  • El grupo con sueño restringido y sin ejercicio fue el que peor rindió en la prueba de memoria.
  • El grupo que hizo ejercicio antes de la noche corta igualó, en la práctica, a quienes habían dormido las ocho horas completas.
  • La diferencia entre ambos grupos con privación de sueño resultó estadísticamente significativa.
  • El beneficio no se observó en la prueba inmediata, hecha poco después del aprendizaje, sino recién en la evaluación de la mañana siguiente.

Como me lo resumió Miriam, vecina de Caballito y profesora de yoga que conoce de memoria los horarios ajenos porque da clases a las seis de la mañana, esto le cambió la manera de pensar la rutina: no importa tanto lo que uno haga en el momento exacto, sino lo que el cerebro pueda hacer mientras duerme. Y lo que el estudio viene a decir, en criollo, es exactamente eso.

La pista del sueño profundo

Los investigadores no se quedaron en los resultados de la prueba: les colocaron sensores y registraron la actividad cerebral durante toda la noche mediante polisomnografía. Lo que vieron fue que quienes habían hecho ejercicio mostraron una mayor proporción de sueño de ondas lentas, la fase profunda del sueño no REM que predomina en la primera mitad de la noche y que es clave para la consolidación de los recuerdos. Es decir, el movimiento previo no mejoró la capacidad de aprender los rostros y los nombres en el momento, pero sí empujo al cerebro a trabajarlos mejor después, mientras descansaba.

El propio equipo de Concordia se encarga de poner paños fríos y aclararlo: el ejercicio no reemplaza al sueño. Quienes durmieron poco siguieron durmiendo poco. Lo que cambió fue la calidad del sueño que sí tuvieron, y eso bastó para que la memoria del día siguiente se sostuviera en pie. Como suele decir Marta, de Floresta, cuando le preguntan por el truco para funcionar con pocas horas: no es magia, es mimo al cuerpo. Y este estudio, sin proponérselo, le acaba de dar razón.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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