Tres hectáreas a pulmón: la historia de Silvana y Jorge, la pareja que revive la chacra de sus abuelos en Centenario
Se conocieron esperando a sus hijos en la puerta de un colegio y descubrieron que los dos venían de familias chacareras. Hoy, con sus sueldos como única espalda financiera, sostienen animales, alfalfa y el sueño de dejarles algo a los chicos en la misma tierra donde crecieron sus abuelos.

A veces las historias de vida empiezan en los lugares más inesperados, y la de Silvana Aiello y Jorge Stelrrig no es la excepción: arrancó hace diecinueve años, en la vereda de un colegio de Centenario, mientras ambos esperaban a sus hijos a la salida de las clases. En ese ratito de charla cotidiana, se dieron cuenta de que compartían mucho más que la preocupación por los chicos: los dos habían crecido entre acequias, gallineros y mesas largas, los dos venían de familias que habían trabajado la tierra en la zona de Centenario y Vista Alegre, y los dos, sin saberlo, cargaban el mismo deseo dormido de volver a esa vida. Por eso cuando me acerqué a la chacra que hoy sostienen en equipo, lo primero que me llamó la atención fue esa imagen tan argentina de la tranquera abierta y el camino de tierra que va derecho hasta la casa, en la calle 9, justo en ese borde donde se tocan dos municipios y donde parece que el tiempo corre un poco más lento que en el resto de la comarca.
Las tres hectáreas que hoy los ocupan no son cualquier cosa para ellos: son las mismas que el padre de Silvana, Ricardo, le dejó al morir, y que ellos eligieron habitar hace apenas tres años, después de años enteros de juntar materiales con lo que sobraba del sueldo. Bolsas de cemento, hierros, ladrillos, todo iba a parar a un rincón esperando el momento de la obra, y cuando finalmente llegó, se mudaron con lo puesto y con la decisión intacta de armar ahí la vida que siempre habían querido. En el campo hoy se ven cosas que parecen de otra época pero que conviven sin chistar con la rutina moderna de un matrimonio que sale a trabajar todos los días: alfalfa sembrada, gallinas sueltas, conejos, y una incubadora artesanal que armó Lucas, el hijo de ambos, con sus propias manos, porque así se hacen las cosas acá, con ingenio y a fuerza de voluntad.
El campo ya no sostiene a la familia: ahora la familia sostiene al campo
Acá me parece importante detenerme un segundo, porque la historia de ellos sirve para contar algo que le pasa a mucha gente en esta zona y que muchas veces no se dice en voz alta. Durante décadas la lógica era al revés: la chacra producía lo suficiente para mantener la casa, y la familia se organizaba alrededor de esa producción. Hoy la ecuación se dio vuelta, y Silvana lo dice con una claridad que a mí, mientras la escuchaba en el corredor de la casa, me pareció casi una definición de época. Trabaja desde hace casi veinte años como secretaria en una escuela técnica de la zona, Jorge es empleado en el área de educación, y entre los dos pagan el alimento de los animales, la semilla, la alfalfa y la mano de obra que necesitan para que la tierra no se les vuelva monte. "Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta", me contó ella mientras cebaba mate en la cocina, con la mirada puesta en el patio donde picoteaban las gallinas.
“Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés, pero lo hacemos a pulmón los tres.”Silvana Aiello, vecina de Centenario
Esa idea del esfuerzo a pulmón la repiten cada vez que pueden, porque es lo que define el ritmo de su vida. De día, Silvana atiende el teléfono en la escuela y Jorge se ocupa de los papeles en su oficina; a la tarde y los sábados, se calzan las botas y se van al campo a alimentar, limpiar y arreglar lo que haga falta. Lucas, que tiene diecisiete y estudia para técnico mecánico, ya tiene su propio emprendimiento dentro de la chacra: el año pasado crió seiscientos pollos parrilleros, fue sumando gallinas y conejos, y se fabricó él mismo una incubadora que hoy funciona como el corazón de ese pequeño proyecto familiar. Cuando termine la secundaria quiere anotarse en veterinaria y quedarse trabajando en el campo, y eso, me dijo Silvana con una mezcla de orgullo y de alivio que se nota en la voz, es la señal de que todo el esfuerzo viene valiendo la pena.
De bisabuelo italiano a la idea de plantar viñas propias
- La chacra fue iniciada por el abuelo de Silvana, continuador del bisabuelo que llegó desde Italia con doce años, alrededor de 1920.
- Donde antes había frutales, hoy crecieron olivillos y un pequeño humedal formado cuando la tierra quedó sin mano de obra.
- Lucas proyecta criar más pollos y conejos, y sumar veterinaria a sus estudios de técnico mecánico.
- Jorge quiere plantar frutales y viñas para vender la producción en el mismo campo.
- La pareja sostiene el lugar con sus dos sueldos y el ingreso del emprendimiento del hijo.
Antes de irme, mientras me despedía en la tranquera y el sol empezaba a bajar sobre los olivillos que taparon lo que alguna vez fueron los manzanos del padre de Silvana, Jorge se quedó mirando el tractor viejo que a veces no arranca y que sigue parqueado en un costado del galpón, como esperando su oportunidad. Me dijo algo que me llevo puesto y que creo que resume mejor que nada lo que pasa en este tipo de campos: que la idea no es volverse rico con la tierra, sino dejarles a los chicos un lugar donde puedan vivir como ellos vivieron de chicos, con el ruido del viento entre los árboles y la tranquilidad de saber que lo que se tiene se ganó con las propias manos. En esa frase, que me la guardé como cierre, está todo lo que hay que entender sobre esta pareja que, contra viento y marea, decidió volver a la chacra y sostenerla entre los dos, aunque sea a fuerza de sueldo, de madrugada y de mate compartido al lado de la cocina.
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