Un cráter abierto en el campo: la caminata que muestra las entrañas del volcán Malacara
En el paraje La Batra, la familia Quezada administra un recorrido por dos de las tres cárcavas del Malacara, en el sur mendocino. Geología, viento y memoria de un campo ganadero se cruzan en un paseo que termina con la vista de la laguna de Llancanelo.

La ruta hacia Malargüe se estira hacia el sur con esa calma que tienen los caminos del sur mendocino, y de golpe, en un tramo de ripio que parece no llevar a ninguna parte, aparece el cartel de La Batra. Ahí, en medio de un campo donde hasta hace un par de décadas pastaban animales, se levanta el volcán Malacara con su particularidad menos imaginable: en vez de treparse por afuera, se entra. Literalmente. Uno se mete por una de las cárcavas y camina por dentro del aparato volcánico, como si la montaña hubiera decidido abrir una puerta para mostrar lo que tiene guardado del otro lado de la piel.
El predio lo administra la familia Quezada, que fue convirtiendo un puesto ganadero en una suerte de pequeño centro de interpretación geológica a cielo abierto. El recorrido atraviesa dos de las tres cárcavas del Malacara y culmina en un mirador natural desde el que, si el día se porta bien, se distingue a lo lejos la silueta de la laguna de Llancanelo. Entre una cosa y la otra, el visitante se cruza con paredes onduladas, sectores de roca amarilla que parecen pintados a mano y depósitos negros que se desgranán apenas se los toca, tan finos que uno se los lleva en la yema de los dedos sin darse cuenta.
Por dentro del Malacara: lo que se ve y lo que se toca
- Dos cárcavas transitables, con pasillos angostos y altos donde la luz entra por arriba y el aire frío circula como si el volcán respirara.
- Sectores de roca amarilla que contrastan con depósitos oscuros, más modernos, apilados unos sobre otros.
- Una flora baja y achaparrada que tapa desde abajo los tres cráteres superiores, casi invisibles para quien camina por el suelo del campo.
- Un mirador final con vista a la laguna de Llancanelo y al paisaje volcánico que rodea a Malargüe.
La geóloga Corina Risso, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, fue quien le puso nombre y explicación a todo ese paisaje. Ella llegó al lugar en el 2000, convocada por Alberto Beto Quezada, y al principio lo que había era un campo con un volcán raro y poco más. Risso empezó a estudiar el Malacara y dos años después presentó sus conclusiones en Malargüe, justo cuando los Quezada comenzaban a trabajar con guías locales para mostrar el sitio. Lo que ella describió encajaba con lo que cualquiera ve al entrar: una historia de agua y fuego escrita en las paredes.
La versión resumida es esta. El Malacara se formó cuando el magmaascendió y se encontró con agua, posiblemente de una laguna que estaba donde hoy hay roca. Ese encuentro fragmentó la lava y alteró los materiales, y buena parte de los amarillos que asombran al caminante vienen de ahí. Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió y se acumularon los depósitos negros que ahora se ven encima. Mucho después, la erosión del agua y del viento se encargó de abrir los corredores por los que hoy se camina, y la vegetación hizo el resto: ocultar los tres cráteres de la parte alta y darle al conjunto un aire de secreto.
Durante mucho tiempo, explica Beto Quezada desde su casa de La Batra, el campo se trabajó como cualquier otro campo del sur: animales, alambrados y mucho viento. Las primeras salidas turísticas se hacían a caballo, por senderos internos que todavía se ven marcados. En 2006, una vieja huella petrolera dejó entrar una camioneta y, después, máquinas para acondicionar el camino. Ese cambio fue el que permitió pensar al Malacara no solo como un recurso ganadero sino como un recurso geológico abierto al público.
Hoy, la visita combina una caminata tranquila, la observación de las formaciones y la lectura del paisaje desde el mirador. Es una salida para hacer sin apuro, con ropa cómoda y curiosidad para preguntar. Yo, que vengo siguiendo temas de sociedad y vida cotidiana, confieso que cuando me contaron la propuesta me imaginaba algo más exigente; sin embargo, lo que hay es un paseo accesible, pensado para que cualquiera pueda asomarse al interior de un volcán sin ser geólogo.
“Esto antes era un campo más. Cuando vino la geóloga y nos explicó lo que teníamos arriba, empezamos a ver el Malacara con otros ojos. Hoy lo que más nos gusta es ver a la gente salir de las cárcavas diciendo que nunca vio algo así.”Alberto Beto Quezada, familia anfitriona del paraje La Batra
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