Un libro de Puig que pide escena: la apuesta de Piñeiro que vuelve a ponerlo en el mapa
La dramaturga adaptó Maldición eterna a quien lea estas páginas, una novela escrita en el exilio neoyorquino que, según ella, dialoga con este presente mejor que cuando se publicó. La obra se estrenó el 23 de agosto en Buenos Aires con Luis Campos, Mateo Chiarino y Luz Miraldi.

Llegué al Maipo un rato antes de que subiera el telón y la fila ya daba vuelta a la esquina. Se notaba que algo se estaba moviendo con esta puesta: gente de todas las edades, varias parejas charlando sobre Manuel Puig como si se conocieran de toda la vida y otros tantos que, confieso, entraban por curiosidad o arrastrados por un amigo. Esa mezcla me confirmó que la apuesta de Claudia Piñeiro estaba tocando una fibra que muchos creían dormida.
La historia detrás de esta adaptación es de esas que parece armada por el destino. Piñeiro me contó que todo arrancó hace unos años, cuando le propusieron escribir el prólogo para la reedición de la obra completa de Puig. Aceptó sin pensarlo, pero cuando se sentó a releer Maldición eterna a quien lea estas páginas se topó con algo que no esperaba: un texto construido casi enteramente como un diálogo entre dos personas. Ahí, según sus propias palabras, se encendió la alarma teatral.
Una novela del exilio que habla como un guion
La novela nació del exilio de Puig en Nueva York y puso a un argentino amnésico frente a un joven neoyorquino. Esa pareja improbable, cruzada por el idioma, la memoria y la clase media, es la misma que ahora sube a escena bajo la dirección de Marcelo Moncarz. Piñeiro lo tiene claro: para ella, Puig escribió algo que no encuentra su verdadero público al salir, sino mucho después, cuando la sociedad cambia lo suficiente como para reconocer lo que el libro venía diciendo.
“Me impresionó cómo le habla al presente el texto.”Claudia Piñeiro
Lo que más me quedó dando vueltas de la charla con ella fue la idea de que Puig no escribía para la posteridad sino para su época. Lo que pasa es que su época era más amplia que la de cualquiera: por eso sus libros siguen cayendo como una bomba cuando uno los abre treinta o cuarenta años después. Y acá aparece una de las claves que Piñeiro rescató de la relectura: Puig cazó como pocos la manera de hablar de una clase media argentina que ella describe, sin ironía, como casi arqueológica. No aspiraba a la frase perfecta, sino a la frase verdadera: cartas, conversaciones, tratamientos, modos de nombrar las cosas que hoy suenan a de otra época pero que, cuando las escuchamos en escena, todavía duelen o nos hacen reír.
El teatro hace lo que la novela sola no puede
Piñeiro me confesó algo que me parece importante para cualquiera que esté pensando en ir a verla: la adaptación le reveló matices que la lectura le había escondido. El personaje del argentino, más duro y a veces hiriente en la página, ganó una sensibilidad inesperada gracias al trabajo de Luis Campos. Ella misma lo resume con una frase que se me quedó grabada: todos somos claroscuros. Y eso es exactamente lo que el escenario termina haciendo visible: la aspereza y la ternura conviviendo en el mismo cuerpo, en la misma voz, sin que la página siempre pueda sostener esa tensión.
Salí del Maipo con la sensación de haber recuperado a un Puig que muchos lectores jóvenes solo conocen de nombre. Piñeiro no solo le cumple un viejo anhelo a la novela, sino que le devuelve a la escena porteña un tipo de escritura que hoy falta: la que confía en que una buena historia bien contada todavía puede cambiarle la noche a alguien. Si te cruzaste alguna vez con Maldición eterna a quien lea estas páginas, esta puesta es la excusa perfecta para volver. Si nunca lo abriste, es probable que termines saliendo del teatro directo a buscarlo.
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