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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Cuando la mirada se corre: señales que valen una consulta y por qué no conviene postergarla

Ver lo que otros no ven, sentir que el cuerpo cambia de tamaño o sostener creencias que alteran la convivencia son experiencias que piden una evaluación profesional. Especialistas recuerdan que la detección temprana marca la diferencia y que ningún síntoma de este tipo define un diagnóstico por sí solo.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Cuando la mirada se corre: señales que valen una consulta y por qué no conviene postergarla

A veces el cuerpo o la cabeza mandan señales que uno no sabe bien dónde ubicar. Y acá, en la conversación de cada familia, aparece la duda: ¿será algo pasajero, será cansancio, o ya conviene golpear la puerta de un consultorio? Lo cierto es que hay un puñado de situaciones que, según lo que repiten los profesionales de la salud mental y la neurología, justifican con creces pedir una evaluación, sin necesidad de tener un diagnóstico bajo el brazo ni de esperar a que la cosa se vuelva insoportable.

Ver, sentir y creer: tres territorios que se cruzan

Para orientarse, vale distinguir tres experiencias distintas, porque no es lo mismo una que otra y cada una pide abordajes diferentes. La distorsión modifica la percepción de algo que efectivamente está ahí, como cuando una habitación parece haberse estirado o encogido de un momento para el otro. La alucinación, en cambio, supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo provoque, por ejemplo ver una figura donde solo hay una silla vacía. Y el delirio es otra cosa: es una creencia fija, firme, que se mantiene aunque le muestren a uno pruebas en contrario, y que suele complicar la vida de quien la sostiene y de quienes lo rodean.

  • Distorsión: cambia cómo se ve algo que existe (por ejemplo, el tamaño de un cuarto).
  • Alucinación: aparece algo que no tiene estímulo externo (una imagen, una voz, una presencia).
  • Delirio: se mantiene una creencia inflexible frente a cualquier evidencia en contra.

"Yo durante meses pensé que me estaba volviendo loca porque veía personas sentadas en la sillón del living y nadie más las veía", cuenta Miriam, vecina de Villa del Parque, mientras acomoda unos papeles sobre la mesa. "Hasta que mi hija me llevó al oculista, y después al neurólogo, y resulté tener un problema serio de visión que disparaba unas imágenes que yo no podía distinguir de lo real. Saber que tenía nombre y que no era un capricho de mi cabeza me cambió la vida", reconoce, con la tranquilidad de quien por fin le puso apellido a algo que la venía aquejando.

Cuando los ojos engañan: el síndrome de Charles Bonnet

Ver figuras que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica, y eso es algo que los especialistas remarcan con énfasis. En el síndrome de Charles Bonnet, personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas y, al mismo tiempo, reconocer que no son reales. La evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, en presentaciones atípicas, estudios de neuroimagen para descartar otras causas, porque la regla de oro en estos casos es no quedarse con la primera impresión.

Cuerpo que se estira, tiempo que se traba

Las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno también necesitan contexto clínico para no quedar en el terreno del mito. El llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas puede modificar la percepción visual, corporal y hasta la sensación del paso del tiempo. Una revisión de 169 casos encontró que la migraña era la causa más frecuente en personas adultas, mientras que en menores de 18 años predominaban las encefalitis. La moraleja es la misma: lo que parece un capricho de la percepción suele tener un origen identificable y, por lo tanto, tratable.

Creencias que se imponen y picores que no se explican

Otras manifestaciones comprometen las creencias sobre uno mismo o sobre los demás, y van desde la convicción de no existir o de haberse transformado en un animal hasta la idea fija de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y, sobre todo, no deben leerse como conductas voluntarias ni como caprichos, porque suelen ser síntomas que están hablando de algo más profundo. Algo parecido ocurre con los celos delirantes, que no equivalen ni por asomo a las discusiones de pareja de toda la vida y que también merecen una mirada clínica.

Cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación tiene que empezar por descartar una infestación real y otras causas médicas antes de pensar en un diagnóstico psiquiátrico. Entre esas posibles causas aparecen déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias, lo que vuelve a poner sobre la mesa la idea de que el cuerpo es un sistema integrado y que la cabeza no funciona en soledad. El tratamiento, claro, depende de lo que se encuentre en ese recorrido.

La consulta como primer paso, no como última instancia

Lo que repiten los profesionales consultados es que no hace falta tener un nombre puesto a lo que se siente para pedir una evaluación: alcanza con que la experiencia sea nueva, persistente o genere malestar. Los cambios repentinos en la visión, las distorsiones que se repiten, las sensaciones físicas sin explicación y las creencias que afectan los vínculos cotidianos son motivos más que suficientes para sentarse frente a un profesional y contar lo que está pasando, sin miedo al juicio y sin la presión de tener que llegar con un diagnóstico puesto.

“A mí me costó años pedir ayuda porque pensaba que me iban a decir que lo inventaba. Cuando encontré un equipo que me escuchó de verdad, entendí que lo que me pasaba tenía nombre y que yo no tenía la culpa.”Miriam, vecina de Villa del Parque
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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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