Cuidar a un familiar en la Argentina: el peso que recae sobre los hombros de casi la mitad de quienes asumen el rol principal
Una encuesta de la Universidad Austral detectó sobrecarga intensa en el 40,8 por ciento de los cuidadores principales y volvió a poner en primer plano la brecha de género: las mujeres son quienes más resignan descanso, proyectos propios y tiempo laboral.

A pocas cuadras del río, en una ciudad donde las familias empiezan a preguntarse cómo se organizan para sostener a sus adultos mayores, un número empieza a resonar con la fuerza de un dato que ya nadie puede mirar en menos. La Universidad Austral relevó a 120 personas que asumen el rol de cuidadoras principales y encontró que el 40,8 por ciento atraviesa un nivel de sobrecarga considerado intenso, un punto que los propios investigadores describen como una zona que requiere intervención. En términos más llanos: de cada diez argentinos que cargan con la responsabilidad central de asistir a un familiar, cuatro sienten que el peso les excede.
El trabajo se hizo entre octubre de 2025 y abril de 2026, mediante un formulario en internet al que respondieron 1.028 personas mayores de 18 años residentes en el país. Una de cada cinco manifestó que cuidaba a un familiar. Dentro de ese grupo, las mujeres asumían el rol principal en el 60,6 por ciento de los casos, mientras que entre los varones esa cifra bajaba al 44,4 por ciento. La diferencia no es menor: confirma un patrón que se repite en los estudios sobre cuidados y que vuelve a poner a las mujeres en el centro de la sobrecarga.
Descenso, proyectos y trabajo: lo que se resigna
Cuando se les preguntó qué cosas se les complicaban, las respuestas dibujaron un mapa elocuente. El 54 por ciento de las mujeres cuidadoras dijo que la responsabilidad le impedía descansar lo suficiente, y el 44 por ciento reconoció que limitaba sus proyectos personales. Entre los varones, esas proporciones cayeron al 30 y al 10 por ciento, respectivamente. La encuesta, en definitiva, no solo midió cansancio: midió postergación, la de los propios deseos, la de los propios planes.
Para dimensionar el desgaste, los investigadores aplicaron la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems que se usa en todo el mundo para evaluar sobrecarga del cuidador. Seis de cada diez participantes presentaban algún grado de sobrecarga, y el 40,8 por ciento alcanzaba el nivel intenso. La definición no es caprichosa: el informe consideró que ese nivel requiere intervención porque, en la práctica, suele traducirse en problemas de sueño, irritabilidad, aislamiento y, con el tiempo, en el propio deterioro de la salud de quien cuida.
El apoyo importa, pero importa cómo
Acá aparece uno de los hallazgos más finos del relevamiento, de esos que a uno le dan para pensar un rato largo. Entre quienes dijeron recibir ayuda, la proporción de sobrecarga intensa también fue del 40 por ciento, casi idéntica a la de quienes manifestaron no tener ningún acompañamiento. El informe lo resumió con una frase que me parece clave: importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia. Para analizar esa calidad, los investigadores separaron el acompañamiento en tres dimensiones: la afectiva, la informacional y la operativa, y concluyeron que no alcanza con que alguien esté cerca, hace falta que ese alguien sepa cómo, cuándo y con qué sostener.
El cuadro se completa con el dato laboral. El 75 por ciento de quienes cuidaban también trabajaba, y acá la diferencia la marca la formalidad. El acceso promedio a licencias y prestaciones —que incluyeron maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería— fue del 53,7 por ciento entre los trabajadores formales, del 17,1 por ciento entre los informales y de apenas el 9,5 por ciento entre los independientes. O sea, que cuanto más precario es el vínculo laboral, menos herramientas quedan para compatibilizar la asistencia con la supervivencia económica.
Lo que también se gana
Ahora bien, sería injusto contar la mitad del libro. La encuesta registró que el 95,7 por ciento de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante de la tarea. El afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios positivos en la persona cuidada estuvieron entre los más mencionados. Eso no compensa el agotamiento, pero lo matiza, y creo que vale la pena nombrarlo porque, si no, el relato termina siendo solo de queja y acá no se trata de eso.
Tomado en conjunto, el trabajo de la Austral deja una postal con varias lecturas. Para mí, la más importante es esta: cuidar es una tarea que sostiene familias pero que, tal como está organizada hoy, se apoya sobre la espalda de las mujeres y sobre los vínculos laborales más frágiles. Como me dijo hace unos días Mabel, desde su casa de Lanús, mientras acomodaba la silla de ruedas de su madre en el living: uno cuida porque quiere, pero también porque no queda otra, y eso tendría que cambiar.
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