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El rencor como herencia silenciosa: lo que le hace al cuerpo cargar con una ofensa para siempre

Cuando una traición o una injusticia se queda atascada en la memoria, el organismo responde como si la amenaza continuara: la presión sube, el sueño se rompe y el sistema inmune se desgasta. Especialistas explican por qué el cuerpo termina pagando la cuenta.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 8 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Acá, en la esquina de cualquier barrio porteño, basta con quedarse un rato en un bar para escuchar una frase que se repite más de lo que uno quisiera: "no se lo perdono nunca más". La frase parece una exageración verbal, un recurso propio de la conversación criolla, pero la realidad es que hay gente que lleva esa sentencia al pie de la letra durante años, a veces décadas, y lo más llamativo es que el cuerpo termina siendo el que paga los platos rotos de esa memoria empecinada.

A diferencia de la bronca del domingo a la noche después de un picado con el vecino, que aparece con fuerza y se va apagando sola, el rencor es otra cosa. Implica volver una y otra vez sobre la misma ofensa, repasarla, darle cuerda, revivirla con la misma intensidad de cuando pasó. Puede nacer de una traición amorosa, de un despido injusto, de una pelea familiar que nadie se animó a cerrar. Y lo peor es que no necesita motivos nuevos para mantenerse vivo: se retroalimenta con el simple hecho de recordarlo.

El cuerpo interpreta el recuerdo como si fuera un peligro nuevo

Cuando una persona rememora el agravio, el cerebro dispara los mismos circuitos de alarma que activaría si la amenaza estuviera ocurriendo en ese momento. El sistema cardiovascular se pone en alerta: la presión arterial sube de manera crónica, la frecuencia cardíaca se acelera incluso cuando la persona está sentada viendo televisión, y con el paso del tiempo aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.

A eso se suma un desbalance hormonal que muchos desconocen. El cortisol, la hormona del estrés, se mantiene elevado más tiempo del que el cuerpo necesita. Esa permanencia altera el sueño, favorece la acumulación de grasa en la panza y reduce la sensibilidad a la insulina, abriendo la puerta a trastornos metabólicos que antes no estaban en la ecuación.

La palabra del especialista

Norberto Abdala, psiquiatra especializado en psiconeuroendocrinología, es claro al poner los puntos sobre el tema: no hay evidencia firme para decir que el rencor provoque una enfermedad específica, pero sí para afirmar que mantiene encendidos mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. "El cuerpo que paga la factura es siempre el propio", resume Abdala, y la frase, dicho sea de paso, condensa lo que cualquier médico escucha en el consultorio cuando alguien lleva diez años sin poder sacarse de la cabeza un agravio.

Marta, vecina de San Telmo que tiene 54 años y tres décadas cargando un desencuentro familiar, lo cuenta sin vueltas mientras toma un cortado en la vereda: "Yo sé que me hace mal, que no duermo bien y que ando siempre con la mandíbula apretada, pero pedirle a una que perdone así, de un día para otro, es como pedirle que se olvide de que le robaron". Su reflexión, que se repite en miles de mesas de café del país, muestra por qué este tema no es solo clínico: es cultural, es de época, es de cómo se aprendió a tramitar la bronca en cada casa.

Porque la salida, aclaran los profesionales, no pasa por tragarse el enojo ni por hacerse el distraído, sino por procesarlo. Hablarlo, escribirlo, mirarlo de frente, buscar un espacio terapéutico si hace falta. Lo que el cuerpo pide, en definitiva, es que la amenaza se archive de verdad, y no que quede dando vueltas en el living de la memoria como un inquilino que se niega a irse.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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