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Domingo, 18 de octubre de 2026
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Por qué nunca hubo una segunda Casablanca: cuatro intentos, cuatro fracasos

Warner Bros. lleva décadas tentando al destino con secuelas, remakes y continuaciones del clásico de 1942. Todos chocaron contra la misma pared: el final perfecto de Rick e Ilsa en el aeropuerto.

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Sofía BianchiCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
Por qué nunca hubo una segunda Casablanca: cuatro intentos, cuatro fracasos

Te confieso algo: cada vez que me siento a escribir sobre Casablanca me pasa lo mismo. Empiezo recordando la primera vez que la vi, en un ciclo de cine de verano, con el aire acondicionado del Microcine funcionando a medias y un público que iba a pasarla bien, no a venerar a Humphrey Bogart. Y termino pensando en por qué, pese a su fama, nadie volvió a hacer una Casablanca en serio. El material que leí esta semana me terminó de ordenar las ideas: Warner Bros. probó al menos cuatro veces, a lo largo de décadas, y las cuatro terminaron en la gatera.

Casablanca se estrenó en 1942 y se convirtió, casi sin querer, en el film con el que todos medimos el cine romántico de Hollywood. Cuenta la historia de Rick Blaine, un expatrio americano que regentea un café en el Marruecos ocupado, y de Ilsa Lund, la mujer que le rompió el corazón en París y que reaparece una noche en su local pidiendo un imposible: dos cartas de tránsito para salvar a su marido, líder de la resistencia. La química entre Humphrey Bogart e Ingrid Bergman y ese final en la niebla del aeropuerto hicieron el resto. Cualquier intento de tocarlo se parece bastante a tentar a la mala suerte.

Los cuatro intentos que terminaron en la nada

El primero llegó casi en caliente. El estudio empezó a cocinar una secuela titulada Brazzaville, con guion de Frederick Stephani. La idea era recuperar a Bogart como Rick, a Claude Rains como el capitán Renault y a Sydney Greenstreet como Ferrari, y retomar la conversación final entre los dos protagonistas para mostrar qué pasaba con Rick después de la partida de Ilsa. Se cayó sola: el giro central del relato, que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio, iba directamente en contra de cómo el personaje había evolucionado en la película original. A Warner no le cerró y se archivó.

En 1973, el estudio cambió de enfoque y apuntó a un remake. La oferta cayó nada menos que en François Truffaut, que la rechazó con un argumento que, en pocas palabras, es el problema de fondo. Sustituir a Bogart y a Bergman resultaba prácticamente imposible, y el cariño que el público estadounidense le tenía al film hacía todavía más difícil justificar cualquier nueva versión. La negativa del francés desactivó la iniciativa.

El tercer intento fue el más ambicioso. En los años ochenta, Howard Koch, uno de los guionistas del film original, se sentó a escribir un tratamiento llamado Return to Casablanca. La historia se ambientaba dos décadas después y seguía a Richard, el hijo de Rick e Ilsa, que descubría su origen y viajaba a Oriente Próximo en busca de su padre biológico. Koch pensaba contar con Bergman ya entrada en años para dar vida a una Ilsa madura. La muerte de la actriz en 1982 cambió todos los planes. Warner rechazó el tratamiento original y también una versión revisada que llegó en 1989.

El cuarto capítulo es más reciente y hasta tiene algo de familiar. Cass Warner, nieta de uno de los cofundadores del estudio, volvió a la carga con la idea. Esta vez la respuesta fue un no con salida: Warner Bros. dijo que no, pero dejó la puerta entreabierta al proyecto si aparecía un director dispuesto a llevarlo adelante. Por ahora nadie se animó.

Por qué nunca se pudo hacer la secuela

La moraleja la cuenta mejor que nadie la frase con la que Truffaut le dio vuelta la propuesta al estudio: encontrar actores capaces de reemplazar a Bogart y Bergman era prácticamente imposible, y el afecto del público estadounidense por la película hacía aún más difícil justificar una nueva versión. En el fondo, el problema no es de ideas ni de guiones: el final de Rick e Ilsa en el aeropuerto de Casablanca está construido de tal manera que no pide continuación ni remake. Es uno de esos cerrres que dejan al espectador con una sensación que ninguna secuela podría igualar. Por eso, mientras nadie encuentre la fórmula mágica, nos quedamos con la original, como tiene que ser.

SB
Sofía BianchiCultura y espectáculos

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