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Shinrin-yoku: la receta japonesa que invita a apagar el teléfono y caminar entre árboles para calmar el cuerpo y la cabeza

La práctica nació en 1982 frente al avance del estrés laboral en Japón y se conoce como baño de bosque. Un repaso por qué se estudia, qué le hace al organismo y cómo se puede empezar, aunque el único bosque disponible sea la plaza del barrio.

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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana · 14 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

La esquina, en este caso, es cualquiera que tenga unos cuantos árboles juntos, porque la historia empieza en una ciudad japonesa de 1982, cuando el país crecía a toda máquina y el agotamiento de la gente empezaba a pagar facturas en la salud. En aquel entonces, las autoridades se preguntaron cómo hacer para que la población volviera a meterse en los bosques que durante siglos habían sido su patio trasero, y la respuesta que encontraron fue casi ridícula por su simpleza: caminar lento, sin reloj y sin objetivos deportivos, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. A eso lo llamaron shinrin-yoku, que en criollo significa baño de bosque, y con el paso de los años se convirtió en una de las terapias más recomendadas del mundo para bajar un cambio.

Qué le hace al cuerpo caminar entre árboles

Después de que la idea se instalara, varios equipos de científicos se pusieron a medir qué pasaba adentro del cuerpo mientras alguien daba vueltas por un sendero forestado. Lo primero que apareció, y que se repitió en distintos trabajos, fue una baja en el cortisol, que es la hormona que se dispara cuando el cuerpo se siente perseguido por algo. También se observaron cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la parte del sistema nervioso que se ocupa de acelerar el motor humano cuando hay peligro. Algunos estudios, además, fueron un paso más allá y se preguntaron si los compuestos volátiles que largan los árboles, conocidos como fitoncidas, podían llegar a fortalecer el sistema inmunológico, aunque ahí los resultados todavía no permiten sacar conclusiones firmes ni definitivas.

Para entender por qué algo tan aparentemente tonto como mirar un tronco puede generar esos cambios, conviene detenerse en cómo funciona la cabeza en la vida cotidiana. Yo lo veo todos los días acá, en la redacción, y también lo veo en la calle: notificaciones, mensajes, decisiones, pendientes, estímulos que piden respuesta permanente. El bosque no exige nada de eso. La atención, que en la ciudad trabaja como defensa, pasa a un modo más tranquilo, y por eso mucha gente vuelve de esas caminatas con la sensación de tener la cabeza más limpia y el cuerpo más liviano, una especie de pausa interna que cuesta conseguir en otro lado.

  • Caminar a paso lento, sin apuro por llegar a ningún lado.
  • Dejar el teléfono en silencio o, mejor todavía, en el bolso.
  • No usar la caminata como entrenamiento: no hay meta de kilómetros ni de ritmo.
  • Prestar atención a los detalles del entorno: texturas, sonidos, aromas, luz.
  • Elegir un lugar con árboles, aunque sea una plaza de barrio.

No hace falta un bosque lejano para empezar

Acá viene la parte que muchos los lectores se preguntan antes de animarse: si esto requiere irse a una selva o a una montaña. La respuesta corta es que no. La mayoría de los estudios compara el efecto del bosque con el de la ciudad, de modo que no se puede separar del todo cuánto viene de los árboles en sí y cuánto del silencio relativo, de la luz natural, del aire libre o, simplemente, de cortar por un rato con las obligaciones de siempre. Aun así, el mensaje de fondo se sostiene: el sistema nervioso responde al ambiente donde funciona, no solo a las técnicas o a las decisiones conscientes, y durante la mayor parte de la historia humana ese ambiente fue natural, mientras que la vida urbana es bastante más reciente en comparación.

Como me decía esta semana Rubén, vecino de Villa Devoto, mientras charlábamos debajo de los jacarandás de la plaza más cercana a su casa, no hace falta irse lejos ni vestirse de excursionista para empezar. Con media hora, el celular guardado y la decisión de mirar para arriba en vez de mirar para la pantalla, alcanza para sentir ese pequeño cambio que los japoneses empezaron a medir hace más de cuarenta años y que, según insiste Rubén con una sonrisa, a veces es lo único que separa una tarde pesada de una tarde que se lleva bien.

“Con media hora, el celular guardado y la decisión de mirar para arriba en vez de mirar para la pantalla, alcanza para sentir ese pequeño cambio.”Rubén, vecino de Villa Devoto
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Alejo FerreroSociedad y vida cotidiana

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