Una capilla con pinta europea que sobrevive entre las lengas de Meliquina
Construida por un príncipe alemán dentro de su estancia, hoy es la parada menos conocida del Camino de la Fe neuquino y abre la puerta a lago, miradores y ríos de la zona.

Acá, a unos cuarenta kilómetros de San Martín de los Andes, cuando uno deja atrás el asfalto y empieza a ver lengas, coihues y pinos con esa tristeza orgullosa del invierno patagónico, aparece una silueta que parece sacada de un cuento bávaro: es la Capilla San Jorge, un templo pequeño, de madera, con techos inclinados y líneas tan sencillas que no compiten ni se imponen al paisaje, sino que se acomodan a él como si llevara décadas conversando en voz baja con el bosque que la rodea.
La construcción se la debemos a Georg von Waldburg-Zeil, un príncipe alemán que en otra vida fue dueño de la histórica Estancia San Jorge. Cuentan en el pueblo que el noble bajaba hasta San Martín de los Andes para participar de las misas en la Parroquia San José y que, cansado de hacer esos kilómetros en cualquier estado del camino, decidió levantar él mismo un espacio de fe dentro de sus propias tierras. No fue el único gesto generoso que hizo a la distancia: también envió desde Alemania el dinero para montar el sistema de campanas electrónicas de esa misma parroquia, un detalle que los vecinos todavía se encargan de recordar cada vez que suenan las horas sobre la ciudad.
Un lugar para mirar desde afuera
Lo primero que aclara don Enrique, un vecino del barrio centro de Villa Lago Meliquina que cada mañana pasa caminando por el cruce del camino viejo, es que entrar no es tan fácil como verlo. La capilla sigue siendo propiedad privada, depende administrativamente de la Parroquia Nuestra Señora de la Vega de San Martín de los Andes y las misas o celebraciones abiertas al público son esporádicas, así que lo que invita el lugar es a detener el auto, bajarse, fotografiar el frente y caminar unos pasos hasta el pequeño cementerio rural que la acompaña, un cuadro chico y cuidado que parece un paréntesis dentro del verde.
Esa escala chica, justamente, es lo que vuelve a San Jorge una de las paradas menos conocidas del Camino de la Fe neuquino, ese recorrido que va desde Ailinco, en el norte de la provincia, hasta Villa La Angostura, en el sur, sumando más de 800 kilómetros de capillas, iglesias y sitios religiosos. La mayoría de los viajeros saltean este tramo porque se cruza con uno casi sin darse cuenta, escondido entre árboles, y porque no tiene la monumentalidad de otros templos del circuito, pero para el visitante con paciencia termina siendo, paradójicamente, el tramo más simpático.
- Lago Meliquina: playas de arena y piedra, aguas cristalinas y un menú completo de actividades acuáticas como kayak, stand up paddle, kitesurf y windsurf.
- Mirador Cuatro Encantos y La Puntilla, dos balcones naturales sobre el lago, la villa y las montañas, ideales para llevar el termo y quedarse un rato largo.
- Río Caleufú con sus pozones y rápidos para los que buscan meterse en agua dulce sinuoso, en un escenario de bosque.
- Lago Filo Hua Hum, senderos, mountain bike y pesca deportiva dentro de la temporada habilitada por las autoridades locales.
- Ruta hacia Paso Córdoba: bosques, formaciones rocosas y varios puntos panorámicos que coronan cualquier jornada en la zona.
Por eso, si alguien me pregunta qué hacer con un día entero en Meliquina, yo siempre contesto lo mismo: empezar por la capilla temprano, cuando todavía no llegó nadie y el aire corta la cara, después bajar al lago antes de que se llene de familias, y terminar la tarde en cualquiera de los miradores, viendo cómo la luz se va comiendo los cerros uno por uno. Como me dijo el propio Enrique cuando le pregunté por qué recomendaba la zona: «Si te queda Meliquina en el corazón, no te preocupes, acá siempre te vamos a estar esperando con la pava puesta.»
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